Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
Los vigueses baten récords. Negativos y positivos. Vamos con los últimos, todos ellos en el ámbito portuario gracias a que el tráfico en la terminal marítima viguesa va francamente bien pese a las turbulencias políticas y económicas, que afectan y mucho tanto al comercio exterior, muy sensible a los cambios, como al tráfico de pasajeros. Pese a las guerras reales y arancelarias, este año se superará por dos veces la cifra de 300.000, en contenedores y cruceristas, y las previsiones son continuar subiendo. De hecho, Puertos del Estado entiende que Vigo podría llegar a mover hasta 800.000 unidades de mercancía en depósitos si tuviera espacio, que no hay ni probablemente habrá. Leixoes, en Oporto, ha logrado todo el apoyo de su Gobierno para iniciar una operación de calado para ampliar su plataforma, que en el futuro podría mover hasta dos millones. De Vigo dependerá poder competir con el gigante portugués o que se repita lo ocurrido con los aeropuertos. Me temo lo peor.
En lo negativo, el empeño exitoso por decrecer y convertir la natalidad en un hecho cada vez más excepcional. En quince años bajó un 50 por ciento el número de nacimientos registrados en Vigo, una auténtica barbaridad. Y la tendencia continúa a la baja en un 2025 con las cifras más negativas de la historia, mientras el resto de Galicia mejora ligeramente sus números. Vigo, ciudad de extremos, pasó en 25 años de ser el municipio gallego que más crecía de forma natural (diferencia anual entre fallecidos y partos) al que más baja, y con diferencia. Comparemos con la némesis A Coruña, que suele excitar mucho: la capital herculina ya superó sus momentos más bajos y ha comenzado a crecer, aupada por un incremento mucho mayor que en Vigo de la inmigración exterior, datos económicos al alza, buenas perspectivas y mejores sueldos.
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