Nos queda un mes de incertidumbre

Publicado: 15 mar 2026 - 05:05
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Como cierre de la campaña electoral en Castilla y León, en la que se ha hablado más de la guerra con Irán que de los problemas del campo, de la industria o de la despoblación, Pedro Sánchez prometió destinar "todos los recursos del Estado" a paliar los sufrimientos económicos de la población como consecuencia de la enorme crisis petrolífera desencadenada por Trump en su combate primero contra los bolivarianos, ahora contra los ayatolás.

Cuando el Gobierno aún no ha anunciado, 15 días después del inicio de los ataques, qué medidas concretas tomará, y cuando Sánchez aún no ha comparecido ante el Parlamento para debatir su posición en el conflicto, el presidente se presenta en solitario como el administrador de esos recursos estatales aprovechando la jornada de cierre electoral ante las urnas castellano-leonesas. Así, Sánchez, a quien, por supuesto, nunca confundiré con un rey absoluto, pronuncia una especie de dictamen `el Estado soy yo` para atribuirse la lucha contra las consecuencias de esta guerra indeseada. Y cierto: el Gobierno es quien tiene que liderar las soluciones a una crisis sin precedentes de la que, desde luego, no es culpable. Pero sospecho que no así, arrogándose, en beneficio de la propia imagen, la hucha del Estado.

Cierto es que el Gobierno, perdón, el Estado, tiene recursos sin precedentes para hacer frente a la crisis. Pero no menos cierto es que estos recursos proceden de una presión impositiva casi también sin precedentes y de una acumulación de capital que hace pensar en una finalidad electoralista ante futuros gastos, ahora que vienen mal dadas ante las urnas. Porque hablamos, como acabo de resaltar, del Estado, y no del `sálvese quien pueda` del Gobierno. Una mínimas exigencias democráticas supondrían, en estos tiempos de crisis planetaria -en los que, en una semana, puede que todos nos hayamos vuelto al menos un cinco por ciento más pobres y un cien por cien más inseguros-, haber abierto una línea de acuerdos y adopción de medidas conjuntamente con la oposición.

Pero estamos en plena refriega electoral, y ahora, tras Castilla y León, viene la prueba de fuego, para el Gobierno central socialista, de Andalucía. Sé que remo bastante en solitario, pero sigo pensando que, en buena lógica, todo debería conjugarse para que Sánchez anticipase las elecciones generales para hacerlas coincidir con las andaluzas y tal vez con las catalanas.

Nos queda apenas un mes de incertidumbre, por mucho que desde La Moncloa se insista en que la Legislatura se agotará y no iremos a las urnas legislativas hasta al menos el verano de 2027, que a mí se me antoja una fecha excesivamente lejana con la que está cayendo. Además, ya se sabía que las únicas ocasiones en las que un jefe de Gobierno está `moralmente` autorizado a mentir es cuando le preguntan si piensa hacer una crisis de su Ejecutivo y si piensa convocar elecciones anticipadas. Y Sánchez, que en esto de la inveracidad no parece tener muchos escrúpulos de conciencia en estas y en otras variadas materias, tiene ganada la dosis de credibilidad a pulso: muy poca.

La crisis del petróleo desatada, en beneficio propio, por Trump bajo pretexto de poner fin al indudablemente odioso régimen de los ayatolás está pesando sobre la gobernación de todos los estadistas europeos, comenzando por la propia señora Von der Leyen. Pero tengo para mí que el lastre sobre el Gobierno de España pesa más que sobre cualquier otro de los de la UE, porque lo cierto es que Sánchez se ha colocado, para encabezar el pelotón de la protesta, a distancia de sus colegas, y eso es muy peligroso.

Pienso que, a partir de este lunes, con el resultado (ya desde ahora previsible) de las urnas en Castilla y León en la mano, será un momento para que Sánchez se replantee que el `no a la guerra`, por muy compartido que sea, que lo es, por buena parte de la ciudadanía, no le va a bastar para seguir disfrutando de la alfombra roja monclovita. Y las inminentes vacaciones de Semana Santa no van a suponer un parche para la tensión ciudadana, entre otras cosas porque pudieran convertirse en las más caras de la historia, y adiós al efecto de la euforia de los macrodatos.

Nos queda, ya digo, un mes de incertidumbre. Hagan sus apuestas; la mía es que así no podemos de ninguna manera completar la Legislatura. Y, si la completamos, será a base de pagar una muy cara factura. Que, por cierto, ya hemos comenzado a pagar. Sí, somos más pobres que hace quince días, pero quizá menos que la semana que entra.

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