Nemesio Rodríguez Lois
¿Pedirá Felipe VI perdón a paraguayos, argentinos y brasileños?
Hace ya bastantes días escribí esta líneas asqueado por el deleznable hecho que comento y aunque tuve que arrinconarlas para dar paso a la actualidad de otros temas no quiero silenciar la repulsa que aquello me había producido, porque por un momento creí que mis neuronas habían perdido la facultad de interpretar lo escrito; pero afortunadamente para ellas y desgraciadamente para la sociedad había leido perfectamente las frases que conformaban la increíble noticia génesis de mi comentario- que daba cuenta del soez, zafio e irreverente bodrio que ocupaba la escena y pantalla del madrileño Teatro María Guerrero, muchas de cuyas butacas empezaron a vaciarse a medida que los asistentes tomaban conciencia de la bazofia que se les ofrecía.
Es sabido que con harta frecuencia se manifiestan personas a quienes no les basta con ejercer su legítimo derecho de no ser creyentes, sino que necesitan rendir culto a la mofa de quienes no comparten su ateismo. Tan injusto y antidemocrático comportamiento, también con harta frecuencia, se ve generosamente recompensado, como nos dicen ha sucedido en el caso que nos ocupa, al conceder una millonaria subvención al Centro Dramático Nacional que representa el denominado Golgota Pinic, compendio de mala educación, zafiedad e irreverencia que escenifica burlescamente -¿de verdad habré leído bien?- diversos pasajes de la vida de Jesús de Nazaret, al que identifican como Puto diablo y satirizan su crucifixión con una joven ligera de ropas y ciñendo con una corona de espinas su casco de motorista.
Esta edificante aportación artística no podía singularizarse y se adoba con toda una serie de despropósitos como el nauseabundo remedo del milagro de los peces y los panes, haciendo que uno de los personajes se coma una hamburguesa de lombrices que después vomita con profusión de esputos y que posiblemente contagia sus nauseas a los espectadores. En una posible apología de la naturaleza aparece una pareja desnuda exhibiendo sin sonrojo sus atributos genitales y, por si alguien no se percatase de ello, se proyecta sobre la pantalla y en gran tamaño un muestrario de penes y vaginas.
El nefando menú se sirve aderezado con unas salsas condimentadas con ingredientes tan sugestivos como el sadomasoquismo, la masturbación, el travestismo y la blasfemia, para rematar con el postre de introducir billetes en la llaga del costado de Cristo, queriendo simbolizar un afán recaudatorio que tal vez no necesitan los que gozan del favor de las subvenciones.
Esta cerril obsesión por ofender y ratificar que no se cree en ningún ser superior no solo destila ignorancia y maldad, sino que deja asomar un subconsciente testimonio de la realidad que se niega, porque no es posible vituperar a la nada. Una nación por pequeña que sea y aun a riesgo de suicidio puede declarar la guerra al más poderoso estado; pero ni éste ni nadie puede declarar la guerra a una nación que no existe.
Al margen de esta generalidad de Perogrullo y de la repulsa que merece vilipendiar injustificadamente fondos públicos, si es cierta la noticia que comento, creo que resultará fácil calificar mentalmente a su autor, aunque no se encuentren palabras suficientes para definirlo. Es posible que las que más se le aproximen sean de su propia cosecha Puto diablo.
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