Fermín Bocos
Un impostor
Creo mucho, quizá porque me voy aproximando a ellos de manera lenta pero implacable, en los octogenarios. Aborrezco el edadismo que quiere retirar a tantos jóvenes, de ochenta años o más, de cualquier actividad pública o privada: la jubilación es para quienes se sienten jubilables y permiten que, so pretexto de su edad, los orillen. Algunos de nuestros mejores escritores, pintores, incluso periodistas, han cumplido ya los ochenta y siguen con las botas puestas, poco dispuestos a tirar toalla alguna y, sobre todo, siempre listos para la protesta.
Un hombre al que admiro, el doctor José Manuel Ribera, quizá uno de los mejores geriatras de Europa, me dijo un día que, para llegar a una vejez saludable, es preciso beber mucha agua -la edad te va deshidratando-, mantener una actividad física y mental sin tregua ni descanso y... protestar.
-¿Protestar?- le pregunté, estupefacto.
`Sí`, me dijo; `protestar para que nunca te digan cosas como `a su edad, ¿qué querrá este`? y frases semejantes`.
Admito como buenas las tres recetas. Sobre todo, la tercera, que se ha convertido en un lema de mi vida. Conformarse, renunciar a la protesta, es declararse muerto. Decir que con la edad de jubilación solo te queda esperar sentado a lo que venga es un suicidio. Hay que reivindicar a los octogenarios. Pero eso, claro, no significa que todo valga. Los ochenta no sirven como pretexto para hacer de tu capa un sayo, olvidando a los demás: los años no te dan derechos, te confieren obligaciones. Y, como decía Tarradellas, él mismo un octogenario, lo único que no se puede hacer en la política y en la vida es el ridículo.
Lo digo, claro, por la fiesta del 80 cumpleaños de Trump. Una horterada con intercambio de golpes incluidos. Un mal ejemplo para los que van cumpliendo una edad y tratan de mantener su dignidad y una actividad razonable que no pase por pisar a los demás. Trump es una desgracia universal, con o sin paz tras una guerra que desencadenó él mismo. Alguien debería pensar en inhabilitarle. Claro que lo de Trump nada tiene que ver con su condición de octogenario: deberían haber procedido a su inhabilitación hace cuarenta años. O más. Ahora se ha convertido en un bochorno para los veteranos y en una advertencia para los niños: "si eres malo, algún día serás como Trump". Y entonces los niños huyen, despavoridos.
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