Fernando Ramos
El pesimismo que genera el Estado fallido
El historiador y filósofo español Rafael Núñez Florencio en su libro “El peso del pesimismo” (Marcial Pons, 2010) escribe “El pesimismo ha marcado la trayectoria histórica de España”. Añade que de manera generalizada ese pesimismo ha calado en la obra y el pensamiento de numerosos intelectuales españoles, de los que Ortega sería expresivo ejemplo. Y este autor sitúa la existencia de ese fenómeno antes y después del “Desastre del 98”, pese a los intentos regeneradores que en ese periodo surgieron. Se pese a todo, añade que, tras nuestro ocaso como imperio, “el sentimiento trágico y negativo de lo español tendrá un peso decisivo no sólo en la especulación ideológica, sino en la propia realidad hispana. Lamenta Núñez que ese sentimiento sea tan poderoso que existen dudas de que en nuestro tiempo ese pesimismo se haya superado.
Los recientes y presentes acontecimientos que vive nuestro país, desde el apagón general, cuyo motivo oficial sigue sin ser aclarado, los efectos de los estragos sufridos por el Levante, y ahora el caos ferroviario, con un reguero de efectos y víctimas que pudieron evitarse de haberse hecho a tiempo lo que no se hizo, hacen renacer en la sociedad española ese pesimismo y un efecto de graves consecuencias en la propia escena política. Porque los efectos de la DANA pudieron evitarse de haberse llevado a cabo, como estaba previsto las obras de infraestructura hidráulica que no se hicieron, o el mantenimiento adecuado de los sobre cargados trazados ferroviarios como de manera descarnada ponen de manifiesto los testimonios, advertencias y denuncias de los propios maquinistas y otros agentes ferroviarios.
Se ha repetido que en estos tiempos España padece la peor clase política de su historia, por su excesivo número de personas enroladas en su nómina, donde aparecen personas sin el adecuado contraste, experiencia o cualificación ocupando plazas con funciones y responsabilidades que las superan. Y en ese sentido, deviene que una de estas causas que ya advirtieron los sociólogos como el profesor Sartori,, la profesionalización de la política como único medio de vida de personajes que difícilmente hallarían empleo en el mercado de trabajo ordinario. ¿Se imagina alguien a alguno de los notables políticos de nuestros días al frente de una empresa?
Y curiosamente una de las causas del fenómeno señalado es el propio sistema electoral español que permite que, al margen de las competencias de cada quien, los partidos son plataformas cerradas donde unos y otros se van colocando. Es decir, no votamos a personas, sino a partidos, de suerte que las propias listas electorales se elaboran no por la capacidad personal de los candidatos, sino por su fuerza, apoyo o habilidad para ser colocado en el lugar con opciones de obtener acta. Otro caso sería si las listas no fueran bloqueadas y en cada ámbito los electores pudieran optar conforme a la confianza que le proporcionara cada candidato y cada uno de ellos tuviera que ganarse su confianza.
El Estado de las Autonomías se ha convertido en una estructura disparatada, con centenares de colocados, asesores o beneficiados. Una anécdota curiosa lo dice todo: En España sólo existe una especie de abeja natural propia, “la abeja ibérica”, pero cada comunidad tiene su propio reglamento de colmenas, en un espacio donde el sentido común pareciera recomendar otra cosa.
Ese pesimismo lo alimentan las evidencias, que estos días se hacen especialmente dolorosas, de lo que se ha llamado “Estado fallido”. Es aquel que no puede garantizar el funcionamiento normal de su administración, estabilizar su economía, o asegurar el acceso a servicios básicos para su población. Esto puede deberse a una serie de factores, como la inestabilidad política, la corrupción, la falta de recursos y la incapacidad para mantener la eficacia y la seguridad en el funcionamiento ordinario de sus estructuras y servicios, léase el tren, el transporte, la previsión y obras previsoras que eviten catástrofes como las del Levante. Un Estado fallido es aquel que, pese a la apariencia desatiende a su población en aspectos esenciales de la vida cotidiana. Y eso incluye, como es dolorosamente evidente, la propia criminalidad que padecen algunas ciudades de España
Y ese pesimismo tiene otros efectos, bien evidentes en nuestro tiempo: que, frente a una sociedad equilibrada y moderna, donde los partidos sean capaces de adoptar acuerdos básicos para desenvolver la vida política dentro del marco constitucional, surjan posiciones extremas que atraen a ciudadanos desencantados por ese pesimismo. En ese sentido, un Estado eficiente tiene bien marcados sus deberes, prioridades y responsabilidades para asegurar, en primer caso, la vida ordinaria de sus ciudadanos, empezando por la vida misma.
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