Fernando Ramos
El pesimismo que genera el Estado fallido
Si hay alguna ocasión en la que la máxima autoridad política, es decir, el presidente del Gobierno, debe acudir a dar explicaciones en el Parlamento es, precisamente, esta: hace una semana se produjo una de las peores tragedias ferroviarias en la historia reciente de España y los responsables del Ministerio de Transportes, los organismos afectados y todo el país debaten, en medio de la incredulidad y el escepticismo ciudadana, sobre las causas, las consecuencias y las medidas a adoptar. No se trata solo de pedir las responsabilidades que condujeron a que una presunta falta de manutención y vigilancia en las vías llevase a un descarrilamiento con 45 muertos, se trata de afianzar la idea de que el nuestro es un país en el que la seguridad prima sobre otras consideraciones.
La lentitud elefantiásica de nuestro Legislativo, y englobo en la crítica a ambas Cámaras, se está haciendo proverbial. Temas de la máxima actualidad pasan sin mancharse (ni tratarse) por las Cortes, que tienen unas vacaciones constitucionalmente marcadas claramente excesivas para los tiempos que corren y unos reglamentos inadecuados para la locura política que nos anega. El Parlamento es el arquitrabe de una democracia y un suceso como el de Adamuz, que comporta desde el luto y el dolor por las pérdidas humanas hasta la imagen de la España empeñada en lograr al año cien millones de turistas que reclamen seguridad, exige una sesión extraordinaria, explicativa, del presidente Sánchez.
Quien, por cierto, la ha solicitado a petición propia, mientras que la oposición exigía que tal sesión fuese, muy lógico, esta misma semana. Incluso se habló del próximo día 28 para habilitar esta jornada parlamentaria al margen del calendario habitual del segundo poder del Estado. Pero los ritmos paquidérmicos impuestos por los responsables y la incuria tradicional del funcionamiento rutinario de las Cámaras parecen haber decidido otra cosa, salvo decisiones de ultimísima hora que, por vergüenza torera, pudiesen tomarse en la Mesa y Junta de Portavoces de este martes.
Supongo que en esa sesión, que algún día acabará celebrándose, la oposición pedirá el cese de Óscar Puente, nuestro ministro más peculiar, y sospecho que en algún momento el relevo del ministro de Transportes, que hasta ahora ha descartado pensar siquiera en dimitir, va a producirse, porque cuarenta y cinco muertos no se olvidan (o no deberían olvidarse) así como así. Pero, para entonces, el mal ya estará hecho. El problema es que algunas instituciones funcionan incluso bastante peor que Adif y no se enteran de que el consuelo anímico, político e informativo a los ciudadanos, junto con la reparación de sus desgracias, es lo primero.
Y de eso es de lo que debería hablarse en nuestro Parlamento, muestra hoy de la falta de separación de poderes y de la ausencia de un verdadero control al Ejecutivo; y, si no, véase el `olvido` en las prometidas convocatorias de un debate sobre el estado de la nación, por tantos conceptos tan necesario. Lástima: otra oportunidad perdida. Ojalá que este martes nos den alguna, improbable, sorpresa.¿Cree usted en ello?
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