Rafael Torres
Más palos y más turistas
La turismofobia no es la enfermedad que algunos policías de mano larga pretenden curar a palos, como en Mallorca el otro día, sino la reacción natural de un organismo ante aquello que amenaza su salud y hasta su supervivencia. El organismo en peligro es la sociedad, y el turismo masivo e invasor el patógeno que la miserabiliza y enferma. En Baleares, como en tantos otros espacios de nuestro suelo entregados a la codicia de quienes se enriquecen sin límite con semejante expolio, saben bien de qué va eso, y en el caso particular de Mallorca o de Ibiza lo saben y lo sufren desde hace mucho tiempo.
Hace casi un siglo, la brillante periodista republicana Irene Polo escribía en 1935 para los lectores de "L`Instant" unas Postales de Ibiza en las que alertaba de la degradación imparable de la isla a causa del turismo tumultuario que ya entonces principiaba a incautarse de ella: "Los extranjeros, vivos como ellos solos, han descubierto Ibiza antes que nosotros y empiezan a instalarse a toda velocidad. Por lo tanto, pues, valdría más que los que se instalen seamos nosotros, porque si no, a éste paso, un día nos encontraremos con que, para entrar, tendremos que comprar un billete en una taquilla que habrá puesto un alemán en la isla". Y en otra Postal: "Cada vez más hoteles y más bares, más caros cada día, más extranjeros. Como le ha pasado a Mallorca".
A Mallorca, en efecto, ya le había pasado cuando Irene Polo denunciaba la incipiente destrucción de Ibiza, y un siglo después no es sólo que le siga pasando, sino que no puede soportarlo más, razón por la cual sus habitantes, los que padecen la radical ruptura del equilibrio entre los beneficios y los perjuicios del turismo, se han echado a la calle bajo el lema "Menys Turisme Més vida" sorteando los grupos erráticos de turistas precisamente, y el dispositivo policial que debió velar por sus derechos tornó a estorbarlos violentamente dejando una porción de manifestantes heridos.
El turismo da mucho dinero... a unos pocos, y trabajo, el mismo que podrían dar otras actividades económicas más enriquecedoras del común y menos degradantes. No es una enfermedad, pues, la turismofobia, y no se responde a la necesidad de vivir con dignidad a palos.
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