Julia Navarro
La historia se repite
Entre el palco que observa y el palio que absuelve, la justicia camina como puede. Florentino Pérez quiere seguir. Coincide con el Papa. No van a montar una sociedad conjunta Santiago Bernabéu Sanctus es que han decidido que bajarse ahora sería de aficionados. Ellos dan la semana y también el hermanísimo David Sánchez, a semejanza de los hermanos de Alfonso Guerra, con más titulares que los propios cargos públicos. España siempre ha tenido talento para convertir el parentesco en género periodístico, y mientras la justicia avanza, también lo hace la pregunta de cómo ha ido mutando el acceso a la función pública, cambiando de nombre y de tácticas, hasta convertirse en un laberinto donde pesa más el apellido que el expediente.
El Papa León XIV, agustino, bautiza esta semana española y su pontificado va para largo, si Dios quiere. Servicio, desprendimiento, paciencia. El manual clásico. Florentino, madridista, lleva 24 años diciendo lo mismo, pero con la camiseta de proyecto y paciencia. Y cuando se le acaba la paciencia, ficha a Mbappé. La coincidencia es hermosa. Mientras uno siente la apertura de la Puerta Santa cada Xacobeo, el otro abre la grifería de los fichajes cada verano. Uno habla de eternidad y el otro de cláusulas de rescisión. Uno bendice desde el balcón, el otro observa desde el palco.
Florentino quiere seguir porque los proyectos grandes no se dejan a medias. Igual que el Papa. Nadie abandona una reforma a mitad de obra. Uno tiene la Capilla Sixtina. El otro, el Santiago Bernabéu con césped retráctil, 360º y wifi. Ambos saben que la eternidad se construye a golpe de ladrillo y de rueda de prensa y si hace falta muchos silencios. El país los mira y no sabe si aplaudir o pedir hora al notario. Por si acaso. Porque cuando el presidente de tu club y el Papa coinciden en la estrategia, intuyes que el partido va para prórroga. Y que la prórroga la pita el mismo árbitro.
Así que sí, Florentino quiere seguir. Coincide con el Papa. Dos formas de entender el dicho “hasta el final”. Uno promete vida eterna. El otro, la decimosexta. Al final, los dos venden el mismo relato de que aquí no se rinde nadie y la esperanza mueve montañas con fe. Y el aficionado, entre tanto, rezando para que el VAR no anule el milagro. El VAR, el árbitro asistente de vídeo, el ojo que todo lo ve, pero que tarda una eternidad en parpadear. El árbitro de campo pita o no pita según lo que ve en directo, con 22 individuos corriendo, el público gritando y él con silbato. El VAR está en una furgoneta con 4 pantallas y cámara lenta. Revisa las jugadas de goles, penaltis, tarjetas rojas directas y caso de identidad equivocada. Si ve algo raro, le dice al árbitro que vaya a mirar al monitor. El árbitro va, hace el gesto del cuadradito con las manos, mira y decide si cambia de opinión o se reafirma. Es la excusa perfecta para que 5 minutos de partido se conviertan en 15. Para que celebres un gol, lo cantes, lo llores... y 3 minutos después te lo anulen por un fuera de juego de la uña del dedo gordo del pie izquierdo del lateral. Promete justicia eterna y precisión milimétrica. Entrega pausas dramáticas y polémicas nuevas. Antes se discutía 2 minutos en el bar, ahora son 20 minutos viendo 12 repeticiones y seguimos igual. Lo llamamos progreso. Al final el VAR es como el notario del fútbol, que no evita el problema, pero te deja acta de lo que pasó. Por si acaso.
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