País de pobres

Publicado: 16 nov 2025 - 04:00

El socialismo tiene una habilidad innata para deformar las palabras hasta que pierden su significado. “Progreso” es estancamiento, “igualdad” es uniformidad y “clase media” es, simplemente, no morirse de hambre. Los datos vuelven a revelar lo que cualquiera con nómina sospecha desde hace tiempo: el salario mediano en España se acerca cada vez más al salario mínimo. Dicho de otro modo, la mitad de los trabajadores del país cobra poco más de lo que el Estado considera el umbral de subsistencia. Piénsenlo detenidamente: la mitad de los trabajadores.

Conviene recordar qué significa el salario mediano: no es el promedio, sino el punto que divide a los asalariados en dos mitades. Si tenemos cinco trabajadores que cobran 15.500€, 18.000€, 20.000€, 23.000€ y 100.000€, respectivamente, el salario medio será de 35.300€. Como pueden ver, la media no nos da información real sobre la masa salarial, puesto que únicamente uno de los cinco trabajadores cobra más de esa cantidad. El salario mediano, en cambio, se sitúa en 20.000€ para nuestra muestra, mucho más representativo de la realidad.

Si los salarios se aproximan al salario mínimo, no es que los pobres mejoren; es que los demás retroceden. Es el síntoma inequívoco de una sociedad que se empobrece por igual, en la que los incrementos salariales son devorados por la inflación y la productividad no crece porque el marco institucional —regulación, impuestos, inseguridad jurídica— desincentiva a quien produce y premia a quien vive del presupuesto.

Los datos no engañan. El salario mediano en 2018 en España era de 23.653€ (corregido de inflación). El último salario mediano publicado por el INE es de 23.349€. Los salarios no han subido desde que el PSOE está en el gobierno, es un hecho. Pero lo más sangrante es que el salario modal (el salario que más se repite, el salario más probable) ha bajado desde los 21.757€ de 2018 a los 15.575€. Es decir, el salario más probable es, fundamentalmente, el salario mínimo.

El Gobierno celebra este escenario como si fuera un logro social. Se felicita por “subir el salario mínimo” mientras la mediana salarial se estanca y la renta disponible real cae año tras año. Y lo hace con la sonrisa autocomplaciente de quien confunde redistribuir con crear riqueza. El socialismo no te roba porque seas rico, sino que te llama rico para poder robarte. Y ese es, precisamente, el punto en el que nos encontramos: un Estado que grava como si fuéramos una nación próspera, pero reparte como si fuéramos una economía en vías de desarrollo.

España vive un espejismo estadístico. Los indicadores macroeconómicos dibujan un país que “va como un tiro”, pero basta con pasear por cualquier ciudad para comprobar que la prosperidad es más narrativa que realidad. Los precios suben, la vivienda se dispara, la cesta de la compra se encarece y, sin embargo, el salario mediano apenas se mueve. Las rentas del trabajo —que deberían ser el corazón de la clase media— se están licuando en impuestos, cotizaciones y precios intervenidos. La inflación se convierte en un impuesto invisible que castiga más cuanto menos tienes, y la supuesta “protección social” se convierte en un círculo vicioso: cuanto más dependes del Estado, más poder le entregas y menos libertad te queda.

El mercado laboral español padece una enfermedad estructural: baja productividad, exceso de regulación y un intervencionismo que sofoca la iniciativa privada. Subir el salario mínimo sin mejorar la productividad genera una falsa sensación de progreso, pero es cuestión de tiempo darse cuenta del engaño. En lugar de políticas que impulsen la competencia, la innovación y la atracción de talento, el Gobierno ha optado por el camino fácil: intervenir, multiplicar subsidios y anunciar triunfos de papel. Pero un país no prospera a golpe de Boletín Oficial.

Mientras tanto, la brecha entre el discurso y la realidad se agranda. Nos dicen que crecemos como nunca, que el empleo es sólido, que la economía es un cohete. Pero lo cierto es que, con el salario modal rozando el mínimo, España se ha convertido en un país de mileuristas con máster. Una economía que produce trabajadores cualificados para empleos mal pagados; y que castiga al empresario que se atreve a crecer con una maraña fiscal y administrativa diseñada para disuadirlo.

El deterioro salarial no es un accidente: es la consecuencia directa de una política que premia la dependencia y la servidumbre. Cada intervención, cada regulación mal diseñada, cada impuesto disfrazado de justicia social, erosiona un poco más la base sobre la que se construye la prosperidad. Porque la riqueza no nace del reparto, sino de la libertad. Y cuando el Estado asume el papel de árbitro, juez y jugador al mismo tiempo, la economía se convierte en un grotesco espectáculo de variedades.

España necesita una nueva realidad económica. Una que entienda que la prosperidad no se legisla: se crea. Que los salarios no suben por voluntad política, sino por productividad y competencia. Y que ningún país se hace más justo empobreciendo a todos por igual. Aunque el Gobierno insista en que vamos como un cohete, lo cierto es que vamos montados en el Challenger… y ya sabemos cómo terminó aquello.

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