Este país bueno
La tragedia del AVE Madrid-Sevilla es uno de los momentos más duros atravesados por la sociedad española en mucho tiempo y desde luego, la peor de las padecidas en lo que va de siglo. Su impacto emocional es inconmensurable en un país en el que la sucesión de accidentes en las vías nos han condenado a ocupar la tercera plaza entre los peores países del mundo en tráfico ferroviario tras la Indias, Pakistán y República del Congo. Más de cien muertos en menos de nueve meses y un casi incontable número de percances menores desde incendios hasta largas detenciones, errores técnicos, paradas, retrasos, averías y situaciones de verdadera amenaza. Balance espeluznante.
Como aspecto positivo si es que se puede utilizar este término sin herir susceptibilidades está la certeza de que somos buena gente: solidarios, trabajadores, modestos y acogedores, y las pruebas nos reconfortan y ratifican que este país está habitado por las mejores personas del mundo de manera anónima. La estampa de un guardia civil hecho y derecho, duro como una piedra, alto y fuerte como un roble con los ojos inundados de lágrimas tras cumplir generosamente salvando vivas en un infierno de sufrimiento y muerte, recordando, es uno de esos ejemplos explícitos de fortaleza y generosidad que asoma a todos los comportamientos de un pueblo que no repara cuando hay que dar muestras de valor, compromiso y humanidad. Se llama Salvador, por si alguien lo ha olvidado.
Pero no solo es Salvador sino todos y cada uno de los que han estado allí. Gente anónima, buena y admirable de la que la clase política se ha olvidado por completo y que los viejos de esta tierra entre los que me encuentro, saben que están cada día a su lado. La pescadera de su barrio que es incansable, guapa, optimista y trabajadora y que cada madrugada se echa encima el día como una campeona, la cajera del super que está siempre pendiente, que no para y a la que todo el mundo adora, la médica de familia que cuida de sus pacientes a los que trata con convicción, cariño y responsabilidad… Y millones más. Están tan lejos de nuestros gobernantes que da yuyo pensarlo.
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