Luis Carlos de la Peña
Acisclo en el taller de Mateo
Susan Sarandon es una gran actriz y una gran mujer. Valiente, comprometida y pasional, sus intervenciones en el cine presentan personajes y situaciones que defienden principios, valoran el tesoro de la libertad, apuestan por los más desfavorecidos y pregonan injusticias. Sarandon es algo más que una actriz, y su actuación y sus hábitos de vida y pensamiento así lo pregonan. Profundamente emocionada, ha recibido el premio Goya internacional destacando los posicionamientos políticos de España y su Gobierno, especialmente en aquellas posiciones determinadas por el estremecedor panorama de Gaza y los comportamientos de Israel, capaz de confundir a todos sus habitantes con la banda terrorista que protagonizó el ataque de 2023 y cuyos miembros en su mayoría habitan desde hace tiempo y cometen sus tropelías desde el exterior de su territorio.
Sarandon ha expresado públicamente su admiración por Pedro Sánchez y su decidida defensa de la población gazatí que está padeciendo los horrores de la venganza israelita. “Sé que Sánchez es un hombre alto y guapo y está en el lado correcto” sentenció la actriz entre lágrimas, pronunciando un alegato en el que recordaba también el comportamiento del actor Javier Bardem. “Son dos bravos muchachos”, concluyó ella.
Es sumamente comprensible este pensamiento viniendo de la ciudadana de país como los Estados Unidos regido por un sujeto como su presidente que ayer anunciaba el bombardeó de Irán sonriendo con una gorra de beisbol recogiendo su cabellera color ladrillo. Los líderes europeos, cualquiera que sea su perfil, tienen forzosamente que producir admiración en el segmento liberal estadounidense en cuyas filas Susan Sarandon lleva incluida toda su vida. Incluso el menor acertado, como es el caso de nuestro presidente, suscitará envidia en una nación que vive hoy, y por entera iniciativa de sus urnas, en manos de un perturbado obsesivo y peligroso que se ha creído el amo del mundo.
Sin embargo, no estaría mal que Sarandon se quedara un año por aquí para comprobar que no es oro todo lo que reluce y que Sánchez, apunta una peligrosa deriva y su cada vez más que dudosa gestión política –que le ha impele a no poner el pie en el país que gobierna- hay que vivirla para padecerla. Nada comparable, claro, a Trump y sus delirios. Nosotros seguimos siendo Europa a la que Trump desprecia.
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