Ramón Pastrana
Apuesta
La política exterior de Pedro Sánchez es, cuando menos, emocionante, por decirlo de algún modo. Soy incapaz de hacer una enmienda a la totalidad en este campo, por más que me parece que la figura del ministro de Exteriores, Albares, no es la más adecuada para el cargo en estos momentos. Pero las cosas son como son: las encuestas empiezan a mostrar una ligera subida del PSOE (y no, no es precisamente por la política interior, ni por la falta de escándalos, ni por la transparencia hacia el ciudadano). Y no pocos medios y varias cancillerías europeos elogian sin rodeos la posición anti-Trump y anti-Netanyahu del presidente español. En La Moncloa se está desarrollando hasta el final la estrategia 'los enemigos de mis enemigos son mis amigos'. Por ejemplo, con China.
Sánchez inicia esta semana su cuarto viaje oficial a China. Las edulcorantes versiones oficiales dicen que él y Xi se han convertido 'casi en amigos', al mismo tiempo que la hostilidad, verbal y factual, con Trump y Netanyahu, que están amenazando clarísimamente a España por su posición diplomática frente a la Casa Blanca y Tel Aviv, se recrudece. También en la semana que entra, Sánchez mantendrá una importante 'cumbre' en Barcelona con los presidentes de Brasil, Colombia, Paraguay y... con la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. Adiós a las críticas mexicanas contra el 'colonialismo' español por parte de la presidenta mexicana. Adiós a las amenazas de ausentarse de la 'cumbre' iberoamericana convocada en Madrid para el mes de noviembre; una 'cumbre' que, de un fracaso cantado, puede pasar a convertirse en un éxito, al menos, 'desde la izquierda'. Y no, no habrá, seguramente, representante norteamericano en este evento, crucial para la diplomacia española.
Y espere usted un momento a la visita del Papa, tan cercana como junio. El norteamericano Robert Francis Prevost, León XIV, no es precisamente un 'fan' de Trump. Ni, claro, de la guerra. Por lo que, aseguran algunas fuentes, el sumo Pontífice no parece tener la intención de hacer un viaje a la controvertida España solo para cantar aleluyas y centrarse en rezos masivos. Sospecho que Prevost, que no es un crítico de España como de alguna manera sí lo fue Francisco, va a lanzar algún mensaje 'urbi et orbe' desde Barcelona o desde Madrid que va a gustar bastante al Gobierno español. Veremos.
El caso es que parece claro que, sin romper vínculos con la Unión Europea, donde son de prever cambios importantes si el 'ultra' Orban es derrotado este domingo en Hungría, España se apoya cada vez más en China y en sus aliados naturales en América Latina. Incluyendo Venezuela, país con el que las relaciones con la presidenta Delcy Rodríguez y superada la 'etapa Maduro', son "bastante buenas", dicen en Exteriores. Donde, por cierto, minimizan la bofetada que se va a propinar a María Corina Machado, que visita Madrid esta semana sin ser recibida oficialmente en Moncloa, y que presidirá un populoso desayuno presentado nada menos que por... Felipe González. Hoy, acaso el peor enemigo interno del Gobierno Sánchez.
No me cabe duda de que las posiciones 'de izquierda internacional' de Sánchez le están siendo rentables 'en casa' y le sirven para desconcertar a sus rivales del Partido Popular, donde apenas se pueden hacer críticas globales, como este viernes hizo Feijóo, a la política 'errática' del PSOE en el campo diplomático. Y la deriva de las cosas no es precisamente desfavorable para Sánchez: qué duda cabe de que, por ejemplo, el belicista Trump pierde popularidad en su país a ojos vista, y va a tener que negociar la paz con Irán casi en régimen de igualdad. Tampoco cabe duda de que Netanyahu y Putin son los 'malvados' de la película en una mayoría de países, incluso algunos de los BRIC, además, claro, de en la UE, en los que se elogian con calor las posiciones del Gobierno español. La OTAN, que alberga incómodamente a España, vive momentos de desprestigio, gracias al 'trumpismo' descarado de su secretario general. Etcétera.
Y tampoco caben dudas de que Xi Jinping, el ya no tan nuevo 'amigo' del Gobierno español, se está convirtiendo, desde el silencio, en el nuevo vértice de la política mundial. Hasta Trump, que irá en mayo a Pekín, parece reconocerlo. Así que no seré yo quien critique a Sánchez por viajar allí, claro. Aunque la CIA y el Mossad nos retiren su información privilegiada. Pocas veces, desde Gorbachov, he visto un abismo tan grande entre la política interna de un país y la que practica de cara al exterior, con todos los riesgos que ello, claro, conlleva en un mundo dominado por el colérico, inestable, Trump. O por un Netanyahu que nos amenaza y al que algún día habrá que llevar ante la corte penal internacional. En esto, Sánchez, aunque no nos guste reconocerlo, tiene razón. Y ya digo: por si fuera poco, esperemos al Papa.
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