Ramón Pastrana
Apuesta
Algunos periodistas que siguen teniendo la mala costumbre que nos dignifica de no aceptar lo primero que le cuentan a uno, y continúan escarbando hasta quedarse relativamente contentos, han vuelto a las andadas y se han ido a Oviedo a preguntar si la ex Miss Asturias, Claudia Montes, una de las mujeres del entorno del entonces ministro José Luis Ávalos, acudía a la biblioteca para ilustrarse sobre el funcionamiento de los trenes como afirmó en sala judicial para justificar su trabajo. Y han averiguado que así, de primeras dadas y sin meterse a fondo en la cuestión, no hay constancia alguna de que la susodicha apareciera por el establecimiento, y mucho menos que se pasara allí las horas empapándose de información relacionada con el mecanismo que menea los ferrocarriles. No es que leer libros sobre la materia te faculte para desarrollar actividad laboral en Adif, la empresa pública que se ocupa del mantenimiento de la infraestructura por la que circulan los trenes, –las siglas Adif significan precisamente eso, Administración de Redes Ferroviarias- pero quizá le serviría para aproximarse aunque fuera ligeramente, a la esencia que define la empresa donde desempeñaría su trabajo. Tampoco es malo reflexionar sobre lo que significa la contratación de una analfabeta en trenes a la que se contrata en una empresa sobre trenes que pagamos todos los españoles. Y se la envía a una biblioteca pública en horario de trabajo para que se entere un poco de qué va la cosa.
Soslayado ese primer tema de debate, la segunda parte propone la posibilidad de que esta buena mujer ni siquiera apareciera por la biblioteca para cubrir un poco el expediente, aunque esas visitas fueran mero formalismo y no sirvieran para nada, un equivalente pongamos por caso a mi mismo encargado por mis señoritos de comprender los misterios de la física cuántica para ser contratado digamos por la NASA.
La dirección de la biblioteca ovetense afirma que se pondrá a la orden de la autoridad judicial y facilitará sus archivos si así lo demandara. La primera impresión adquirida es que ni siquiera pisó la biblioteca. En realidad, da igual, y si hubiera ido allí a hacer horas hubiera sido una situación igualmente criticable y punible. Pero no está mal seguirle el rastro.
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