Musulmán el que no bote
Importa la vergüenza e indignación que sentimos ante el espectáculo de algunos cientos, quizá un par de miles, de aficionados que consideraron oportuno menospreciar a la selección de fútbol de Egipto con el pedestre “¡musulmán el que no bote!”. Sucedió en el estadio de Cornellá, en Cataluña, donde entre los picos de los independentistas xenófobos de Aliança Catalana y el alcalde popular García Albiol, se despliega sin disimulo la marea antiinmigrante. El fenómeno, lejos de ser un hecho aislado y cosa de minorías, se repite y extiende como mancha de aceite sin hacer distingos de edad o clase social. El odio, en especial frente al musulmán, está aquí y haríamos bien en tomar conciencia de ello para actuar en consecuencia.
Fue el politólogo y profesor en Harvard, Samuel Huntington, quien en 1996 publicó un polémico libro: El choque de civilizaciones. Se trataba de un amplio informe que se encaramaba, más allá de las ideologías y las distintas culturas, a la idea de civilización como matriz de todos los conflictos. Además de prever la guerra en Ucrania, línea de fractura de la iglesia ortodoxa oriental y católicos uniatas en la parte occidental, Huntington dedica especial atención a la civilización musulmana y las áreas de fricción con el cristianismo, España entre ellas. Con el tiempo, Huntington afinaría aún más sus diagnósticos y contribuiría a introducir, en el prontuario político norteamericano, y frente a la cultura anglosajona y protestante, la amenaza latina de raíz católica y lengua castellana. De aquellos polvos, estos lodos.
En los mismos años en que el fatalista Huntington ultimaba sus investigaciones sobre el choque de civilizaciones, Santiago Segura estrenaba entre nosotros su primer Torrente. El brazo tonto de la ley, que entonces nos pareció el esperpento de un mundo residual, heredero del franquismo y la tradicional picaresca del país, es hoy todo un fenómeno social que reúne en las urnas un buen porcentaje de votos y al que hemos normalizado a fuerza de encontrárnoslo en el bar y la panadería, en el banco y en la cola del paro. Un rebrote de supuestos cruzados cristianos en la línea de fractura de la península ibérica o Al-Ándalus.
El fútbol cataliza como pocas manifestaciones sociales los malestares y frustraciones colectivas. Los gritos de Cornellá, tan ofensivos para los seleccionados egipcios como, entre los nuestros, para el propio Lamine Yamal y todos los que no compartimos el delirio racista y odiador, no pueden ser despachados como un hecho aislado o una anécdota sin importancia. La aversión a los musulmanes –como a los protestantes, judíos y descreídos- tiene profundas raíces en nuestra tierra. Ignorarla, escribe Huntington, citando a Braudel, “¡qué errores de perspectiva tan garrafales y catastróficos nos pueden llevar a cometer!”.
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