Xabier Vila-Coia
El azar y la probabilidad: ¿Consentimiento informado o sometimiento informado?
No es estrictamente indispensable que a los viejos como yo nos guste la música que hace Rosalía. No solo no es indispensable sino que suena incluso antinatural. Unos tíos como yo, que en cuestión musical se han quedado anclados en el día en el que McCartney escribió su carta de despedida y firmó la sentencia de disolución de los Beatles –estoy hablando de abril de 1970 así, de memoria- no es fácil que entiendan el cambio que esta estrella del espectáculo le ha otorgado al concepto de música popular, y ni siquiera merece la pena que quieran entenderlo porque su reino no es de este mundo y la mayor parte de ellos –de nosotros- tiene en Oasis, Blur, Seahorses o Ocean Colours Scene lo más avanzado de su repertorio. Son, desde luego a lo último que llego, un ramillete de bandas británicas a rabiar que me fascinan y que sigo escuchando.
A Rosalía la he escuchado. Unas semanas atrás, me he sentado muy quietecito en un sillón confortable, me he abierto un botellín de cerveza, me he servido una tapa de boquerones en vinagre aunque no sean de los hechos en casa, y me he escuchado un par de veces y yo creo que aún más, el álbum de Rosalía, especialmente para poder hablar con propiedad que no sería justo hablar de oídas. Y ya está…
Alguien, seguramente alguno de mis conocidos, me preguntará qué me parece y yo adoptaré el rostro impenetrable de los ignorantes que no quieren ser identificados por su extrema ignorancia. Tengo un amigo de mi edad aproximada que está entusiasmado con Rosalía, probablemente porque de música entiende mucho más que yo, tiene criterio y no se ha quedado, también como yo, en el paleolítico superior. El mío es un caso de cerrilidad suicida que mis nietos me recriminan con la misma intensidad y vehemencia con la que me recriminan el hecho de que me ponga zapatillas de deporte sobre calcetines blancos con publicidad de una marca de bebidas que no me paga por ello. Mi vida no ha cambiado sin embargo tras escuchar el disco de Rosalía, aunque reconozco que hay muchas cosas en él que me han gustado. No me han entusiasmado, pero es lo más natural que así sea. Entre Rosalía y yo hay medio siglo de distancia y eso se nota aunque uno no quiera. Es tan malo quedarse atrás como hacerse el moderno.
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