Xosé A. Perozo
Septiembre con olor electoral
Es en este ámbito de dolor y enfrentamiento donde se pone de manifiesto el contrasentido de algunos comportamientos que se observan como desconectados con un escenario general difícil y no propicio para excesos y frivolidades, es donde brota esa constante necesidad no satisfecha de mirarnos por dentro y preguntarnos con cierta angustia si estamos en el buen camino o si vamos derechos a la perdición por un motivo tan dudoso como nuestra propia imbecilidad. El zafarrancho del mundo que muestra permanente desequilibrio y propone enfrentamientos y conflictos sangrientos que amenazan nada menos que la paz del planeta y exhuman dolor y miseria, no parece tener mayor importancia para un universo de la guapeza, la moda, el mucho brillo y la sofisticación más pedante, plagado de tiktoquero/as e influencers, que se comen vivas las redes para mostrar su vertiente más rutilante. Posados en clave sugerente, fotos a contraluz frente al espejo del cuarto de baño, atardeceres en penumbra tras una intensa jornada de sol y playa… todo ello nutrido por miles de seguidores a los cuales no hay cosa que mas contente que seguir hora a hora y jornada a jornada la vida luminosa de su gurú de cabecera. Acabo de leer la historia de uno de estos referentes del fenómeno que, tras un fracaso en su intento de ser arquitecto, resolvió encerrarse en su habitación, hacerse cada día una foto de su rostro y subirlo a su cuenta y comprobó que cada una que subía aumentaba el número de seguidores hasta que, sorprendido, comprobó que existían miles de ellos que solo esperaban una nueva foto de lo que ha definido con cierto regusto amargo, “mi puta cara”. Se hizo 200 y se convirtió en un referente de las redes. Hoy es el novio de la actriz Anna Castillo, la pareja sube permanentemente deslumbrantes imágenes –las últimas corresponden a sus compartidas vacaciones en Italia- y goza del fervor popular. Todo esto que parece un canto al absurdo y una apuesta contundente por la estupidez mas profunda es lo que está sucediendo mientras el mundo se despedaza. El día que no haya influencers dando la murga podemos echarnos a temblar.
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