Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
Uno de los pocos periódicos de clientela nacional que no se ha plegado a la enfermiza pasión de Sánchez por controlarlo todo, publicaba ayer un trabajo pasando rigurosa revista a todas las veces que el presidente del Gobierno ha cambiado de parecer, que es como él mismo definió su capacidad para no decir la verdad. Sánchez comenzó mintiendo en el momento de imponer su moción de censura que él mismo definió como una fórmula para devolver la honestidad a las instituciones con inmediata convocatoria de elecciones generales a continuación. Pronto se olvidó de este compromiso y ya no volvió a acordarse de él hasta que no hubo apoyos parlamentarios y no quedó otro remedio que convocarlas. Lo hizo un año después, aunque semejante mentira inaugural es anecdótica comparada con aquella declaración de insomnio que le inspiraba la posibilidad de pactar con el Podemos de Pablo Iglesias. De no permitirle conciliar el sueño pasó a compartir con él Gobierno y hacerlo su vicepresidente.
A partir de ahí, han venido todo: la rebaja en cargos de los independentistas rebeldes, la renuncia a su promesa de traer por las orejas a Puigdemont para sentarlo delante de un juez, el olvido a su promesa de no conceder amnistía… y toda una cadena de refutaciones de sus propias palabras que han hecho de la mentira su más leal compañera en los años que lleva ejerciendo la función de jefe de Gobierno, un ejercicio repetido que parte de una premisa tan falsa como todo lo que le siguió. Para Sánchez y el equipo de afines que ha reclutado para mantenerse, la mentira no existe. Es simplemente una variación de conceptos en beneficio de una consecución superior. Esta teoría que conecta la ambición insaciable con una nueva concepción avanzada del despotismo ilustrado que admite la mentira como herramienta necesaria para alcanzar el bienestar sin necesidad de preguntar al administrado si está dispuesto a admitirlo, todo ello inmerso en el marco de una posmodernidad en la que no solo el significado de la verdad o la mentira es difuso sino que lo es también el tratamiento moral de ambos términos, le permite a Sánchez mentir impunemente. Y en su delirio, creer que no está mintiendo sino variado sobre la marcha el planteamiento inicial en razón de necesidades. Y le otorga dispensa para mentir en todo lo demás incluyendo la interpretación de los hechos y su ámbito político y familiar. Ya solo miente.
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