José Teo Andrés
¿Y si Philippot tenía razón?
Tengo la evocación hermosa de un paseo por el Ródano, un instante eterno de felicidad. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿cómo puede uno evocar un lugar o un momento en el que nunca ha estado o que jamás ha vivido? Esa es la eternidad de la imaginación, la que regalan la poesía, el arte, la literatura, el periodismo. Somos parte de nuestra propia creatividad y de la de nuestros seres admirados; habitamos una subjetivación que no deja de ser nosotros mismos.
Sí, he estado con Julio César en el último peldaño, mientras Bruto cumplía su misión, y no he intervenido para no transformar un ápice el discurrir del momento del cambio trágico de la Historia del mundo. He estado con Jesús de Nazaret, al pie de la cruz, y fue consciente de mi incapacidad para salvarle. No quise alterar aquellos instantes ni cuantos les han sucedido sin ocurrir más que en la pluma de William Shakespeare o de Velázquez...
He paseado por la Mancha con el Hidalgo y su mozo y les he escuchado hablar de locuras tan ciertas en sus idas cabezas que nunca han dejado de ser la verdad de la vida, de la sencilla y de la elevada a las cumbres de la ambición sugerida por los libros de caballerías. Y el enredo se lía en su propia prosa. Y es hermoso. Miguel de Cervantes Saavedra nos enseñó que la realidad es un concepto moldeable cuando el espíritu decide que la ficción es su verdadero hogar.
También me he visto caminando por las calles de una Alejandría que ya no existe, buscando los restos de su Biblioteca junto a Hipatia, sintiendo el calor del incendio que pretendía borrar la memoria del mundo sin saber que el pensamiento no arde. He escuchado el eco de los martillazos de Miguel Ángel Buonarroti sobre el mármol del que despertaba al Moisés, y he sentido la misma fatiga del genio que busca la perfección en el silencio de la piedra. He navegado en el “Beagle” junto a Charles Darwin por las Galápagos, asombrado ante la evolución que se desplegaba frente a mis ojos como un abanico de posibilidades biológicas.
He participado con Juan de la Cosa en siete de los primeros viajes a América y le he intuido dibujando el mapa más antiguo conservado en el que aparece el continente americano sin discutir los trazos. Incluso he estado presente en la penumbra de una taberna de Buenos Aires, escuchando el primer tango, en lunfardo, de la mano de Jorge Luis Borges, comprendiendo que el tiempo es un laberinto y que cada paso que damos ya fue escrito en un libro circular que alguien, en algún lugar, está leyendo ahora mismo. Somos, en definitiva, la suma de todos los relatos que hemos decidido creer, también de nuestros sueños y elucubraciones.
He subido al globo con Juan de la Coba mientras soltaba el lastre del trampitán de su boca. He visitado al Gran Tamerlán con Paio Gómez e Soutomaior, embajador de Enrique III de Castilla, lo he hecho tras acompañar a Egeria en su peregrinación y a Baquiario en sus itinerancias. He descubierto mundos reales e imaginarios, sin consonancia de siglos o con ellas, lo he hecho con palabras de Cunqueiro, de Risco, de Rosalía... Leo y sueño, pienso, divago y soy con mis circunstancias.
Hoy miro a la luna y doy gracias asombradas de la capacidad de los seres humanos para hacer realidad lo que parece antojarse imposible. Todo lo que existe es, incluso lo irreal.
Acompaño a los astronautas de la NASA Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y el de la CSA (Agencia Espacial Canadiense) Jeremy Hansen, que si no han llegado más lejos es porque algunos locos todavía idealizan sus pasares con estériles conquistas terrenales, como atrapados en las locuras del ingenioso Hidalgo, allí donde nació la civilización más inhumana. Y quisiera despertar de Trump, esa desquiciante pesadilla que quizás tenga razón en el fondo.
Contenido patrocinado
También te puede interesar