José Teo Andrés
Marruecos y Balaídos
Portugal, un amigo; Francia, un aliado. Marruecos no es solo un vecino incómodo: se comporta como un país hostil, a menudo enemigo. Las relaciones de España con el sur se deben basar en tres principios: cariño, amistad y firmeza, y el tercero de los pilares se ha venido abajo con estrépito desde la entrega del Sahara (sin consultar al Congreso ni aprobarlo el Consejo de Ministros), que no ha aportado nada salvo una nueva traición a un pueblo hermano a cambio de ninguna garantía marroquí con España. Para rematar la suicida política de apaciguamiento, entendida al otro lado del Estrecho como rendición, al Gobierno no se le ocurrió mejor idea que incluir a Marruecos en la candidatura ibérica del Mundial y el resultado es que Rabat trata de expulsar a España de la final del campeonato de 2030, al que llegará la selección como campeona. Increíble, pero lógico desde la postura de continuo hostigamiento al constatar la debilidad que exhibe Madrid. El reciente asalto a Ceuta, amparado, tolerado o incluso instigado desde el Gobierno marroquí es otro paso en el mismo camino, probar la respuesta española a una marcha verde 2.0, aunque es probable que se le fuera la mano al Rey Mohamed y su gabinete: la imagen ante el mundo es deplorable, la de un Estado que va a gastar miles de millones en un estadio mientras 80.000 de sus ciudadanos están dispuestos a jugarse la vida, y perderla en muchos casos, para huir a España. ¿Se puede organizar algo con un país así, una autocracia/tiranía? Balaídos está todavía muy lejos de convertirse en el estadio de 40.000 plazas que exige FIFA para ser sede. Todavía ahora se construye la última grada, que quizá esté lista en unos meses. Mientras, si Marruecos se hace con la final del Mundial, no veo ningún motivo para gastar más dinero para figurar de comparsas. ¿Vale la pena? No lo creo.
Contenido patrocinado
También te puede interesar