Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
Lo más simple y menos comprometido para dejar concluido el culebrón por episodios que se ha rematado con la dimisión del presidente de la Comunidad de Valencia a un año justo del horror que vino del agua, es aplicar la pragmática solución del gallego: “marcho que teño que marchar”. Es desde luego un sistema que aplica la lógica más simple y efectiva y que ahorra cualquier reflexión anterior o posterior al hecho cierto de la partida. En este caso, un Carlos Mazón herido en lo más profundo, ha acabado claudicando aplicando la incuestionable lógica gallega que sustenta y sustancia la sublime decisión: “Dimito porque he de dimitir”
Sin embargo, la renuncia de Carlos Mazón ni lo explica ni lo cura todo, porque no es él el único responsable de la desastrosa administración del proceso ni con su marcha se van a restañar todas las heridas que ha dejado abiertas la catástrofe. Verdad es que Mazón debería haber admitido, sin tratar de maquillarlas torpemente, sus idas y venidas en aquella jornada trágica. Y debería haber comparecido con la verdad por delante aceptando el riesgo de que, tras este reconocimiento, hubiera de hacer la maleta. Pero verdad es también que muchos otros departamentos cometieron errores por acción u omisión en la gestión de la Dana similares sin que el sentir popular se avenga a exigirles lo mismo. La ministra al mando del departamento del Gobierno fue apresuradamente empaquetada para Europa con la única y sagrada misión de que no volviera a abrir la boca. Y el presidente –dueño de todos los recursos del Estado para combatir el desastre- esperó pacientemente el naufragio de su rival valenciano para mover ficha y aguantó sus recursos hasta percibir la rendición del enemigo político que le había arrebatado la gobernabilidad de Valencia. Después asomó la nariz por las zonas afectadas, le chillaron y le lanzaron un palo, y salió corriendo dejando a la pareja real sola ante los damnificados, con el barro hasta los tobillos y riesgo extremo. Huyó del lugar en coche blindado para no volver jamás. El Estado no ha abonada ni el 50% de lo pactado y a un año de la tragedia, la reconstrucción de lo que se llevaron las aguas no alcanza ni la mitad. Mazón se va por merecimientos propios. Pero ni toda la culpa es suya ni todos los que debían dimitir han dimitido.
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