Sergio Alberruche Oter
Un lugar temible
El sábado por la mañana bajé a la librería de la esquina a comprar un libro y regresé a mi casa con un 'funko' de Stranger Things y una taza de cerámica para el desayuno. No tenían la novela de Libros del Asteroide que estaba buscando para parecer más inteligente de lo que soy, pero sí estanterías de novedades repletas de 'legos' de Spiderman, barcos piratas de Playmobil, coches de Hot Wheels, peluches de películas de Disney, puzles, cuadernos, calendarios, bolígrafos, folios, agendas Moleskine, portavelas, llaveros, cepillos para el pelo, cajas de regalo con estancias de dos noches en un balneario, botellas de plástico rellenas de gominolas para personas 'achuchables' (una palabra, por cierto, que no está admitida por el diccionario de la Real Academia Española), bolsas de tela que nos recuerdan que leer es sexi e, incluso, para mi sorpresa, periódicos y revistas en papel, aunque, admitámoslo, a estas alturas de la humanidad en la que nos queda tan poco de humano, ya nadie es sexi porque nadie lee.
Ni los jóvenes a Salinger para combatir su angustia, ni los adultos a Dickens para soportar otro lunes más. Ni por placer, ni por herencia. Ni en el metro, ni antes de dormir. Ni esperando nuestro turno en el médico porque ya nunca esperamos. Sólo deslizamos el dedo en las pantallas de nuestros teléfonos móviles.
Dijo Emmanuel Carrère que las librerías son “un terreno peligroso para un escritor que ya no puede escribir”, pero se quedó corto en su sentencia: hoy son también un lugar temible para el lector que quiere leer. Los libros, los objetos por los que durante cientos de años tantos feligreses de las palabras hemos peregrinado a esos espacios sagrados, son ahora una atracción secundaria entre el exceso de fruslería 'instagrameable', dueños de un hogar a los que los inquilinos han acabado desplazando del dormitorio al rellano. Antes comprábamos historias, hoy compramos objetos con los que podemos alardear de que nos gustan las historias. No es exactamente lo mismo. El mundo en el que nos ha tocado vivir está construido, ya sabéis, sobre iconografías en las que lo importante es el continente (la cubierta, el envoltorio, la foto), así que a nadie le importa un pepino ya su contenido. ¿Quién podía imaginarse que la vida moderna sería comprar muñecos de plástico con cabezas desproporcionadas, llevar argollas en la nariz, llenar la única estancia de tu casa de alquiler con carteles con frases de autoayuda y llamar ocio a acumular cosas inservibles en cantidades industriales?
Hubo un tiempo en el que la lectura, al igual que la escritura, cambiaba las sociedades (permitidme insistir que para bien o, al menos, eso quiero creer). El problema es que nos hemos olvidado de lo básico: leer es una actividad antinatural en esta época de gratificación instantánea en la que todo nos llega con obsolescencia programada según la fecha de caducidad que dicta el algoritmo de las redes sociales. Leer requiere de tiempo, esfuerzo y, sobre todo, capacidad de atención. Nos obliga a reflexionar, a pensar. Y es una fuente de conocimiento y entretenimiento. Pero es una actividad incompatible con la superficialidad, la velocidad y el placer 'dopamínico' instantáneo de nuestros días.
Leer consiste en sentarse, estar quieto y renunciar durante horas a todo lo demás y la vida del scroll infinito, en fin, no nos deja detenernos, mucho menos perder nuestro valioso tiempo. Mirar sigue siendo gratis todavía, pero cada vez nos cuesta más abrir los ojos.
Supongo que ha llegado el momento de reconocerlo, de asumirlo sin drama: leer libros es ya una afición de nicho, un pasatiempo que se sitúa en el mismo nivel de extravagancia que el cultivo de bonsáis y el coleccionismo obsesivo de minerales raros como la painita o la musgravita.
Entonces, ¿por qué seguimos leyendo? ¿Por qué continuamos entrando por la puerta cada vez que vemos una librería transformada en un bazar patrocinado por Mr. Wonderful? Quiero creer que por lo mismo que escribía Sebald, aunque no sepamos si leyendo nos volveremos más locos o más inteligentes. Por costumbre. Y por desesperación. Y por indignación. Y por afán de prestigio. Y por amor a la verdad. Y por asombro ante la vida.
Y, sobre todo, para buscar consuelo en medio de esta catástrofe histórica que se está produciendo ante nuestros ojos, aunque, como nos avisó Natalia Ginzburg, ese nunca debería ser el objetivo de la escritura y, me temo, tampoco el de la lectura.
Quizá, después de todo, al final, no sea tan mala idea bajar a una librería buscando un libro y terminar comprando una caja de regalo con una estancia de dos noches en un balneario para encontrar consuelo: de este mundo en descomposición sólo se puede escapar yéndote a un balneario.
O, en el improbable supuesto de que sigáis formando parte de esa extraña minoría que todavía no se ha enterado de que la vida ha cambiado y tengáis la suerte de encontrar algún libro escondido entre figuritas de 'Star Wars' en una librería, leyendo.
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