Luis Carlos de la Peña
Andalucía no alivia al PSOE
Con un simple “presunto”, cualquier imputación se convierte en una especie de limbo jurídico donde nadie es culpable, pero queda mal en las fotos. Es el comodín que permite seguir dando mítines, opinando en tertulias o inaugurando rotondas mientras la justicia hace su trabajo. En la campaña andaluza, José Luis Rodríguez Zapatero pasó de aplaudir mítines a aplaudirse a sí mismo para no perder el compás y justo ahora la Audiencia Nacional lo cita para el 2 de junio como imputado por presunto blanqueo de capitales en el caso Plus Ultra, organización criminal, tráfico de influencias y falsedad. Una investigación de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal, (UDEF) esa unidad de élite de la Policía Nacional de España cuya función principal es investigar y perseguir delitos económicos y fiscales y que, por primera vez en democracia, va a sentar a un expresidente en el banquillo de los investigados.
Zapatero engorda su currículum con la categoría de presunto, término de salvavidas lingüístico que la política española agita como si fuera un abanico en feria porque es elegante, útil y capaz de refrescar hasta las situaciones más sofocantes. En España, el “presunto” no es solo una categoría legal, es casi un género literario, un modo de narrar la actualidad sin pillarse los dedos y sin renunciar al humor involuntario que deja ver cómo algunos se aferran a esa palabra como quien abraza un flotador en la Dana. En este caso el expresidente Zapatero refresca a Delsy Rodríguez, mujer con nombre de muñeca Disney hoy encumbrada en Caracas como presidenta interina de Venezuela; mientras Maduro espera juicio en EE.UU. Delsy tiene en España un aura casi mitológica por haber atravesado Barajas con la ligereza con la que los fantasmas cruzan paredes. Su llegada en 2020, pese a tener prohibida la entrada en el espacio Schengen por sanciones europeas vigentes hasta 2027, se convirtió en un episodio digno de novela diplomática con reuniones discretas, versiones contradictorias y tránsito aeroportuario que no fue entrada, pero tampoco exactamente salida. Hoy, mientras ejerce el poder en Venezuela con el respaldo del Tribunal Supremo su “Delcygate” es en España una historia de pasillos y puertas que se abren sin que nadie admita haber girado el pomo.
Trabajarse bien la jubilación es un arte y debería ser una asignatura obligatoria si has sido presidente, porque no es lo mismo colgar la chaqueta en una oficina que colgarla habiendo llevado un país entero a la espalda. En esos casos, exige estrategia para elegir bien el sillón porque mientras el ciudadano medio sueña con pasear al perro sin mirar el reloj, un expresidente necesita un plan de vuelo para no estrellarse en la hemeroteca y un manual de supervivencia para no tropezar con su propio legado. Rodríguez Zapatero renunció al sillón del Consejo de Estado, ese paraguas institucional que otros exprimen como seguro a todo riesgo y que hoy no parece un detalle menor frente a la tormenta judicial.
En Andalucía la debacle electoral del PSOE se comenta en voz baja y truena de verdad aquella vieja afirmación de que él “no tenía nada que ver” con Plus Ultra.
Los resultados andaluces se quedan en silbido de niño y el ex presidente se plantea si hizo bien no retirándose a León con el sueldo del Consejo de Estado, lejos de la categoría de consultor que ha confirmado aplicar a precio de conseguidor.
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