Juan Carlos I, el héroe y el villano
Pienso que carece de sentido rasgarse las vestiduras ahora por el hecho de que Juan Carlos de Borbón, mal llamado rey emérito -a él creo que no le gusta-, siga residiendo en un emirato árabe donde garantizar las libertades no parece ser lo que más inquieta a quienes lo rigen.
El clamor 'Juan Carlos, regresa', se extiende, por encima de otros hechos que escandalizaban al personal, ahora que los 'papeles' desclasificados del 23-F han venido a mostrar que quien entonces era jefe del Estado no solo no tuvo ningún papel en la intentona, sino que sí lo tuvo, crucial, a la hora de desmontarla. Así que 'vuelve, Juan Carlos, que te perdonamos' parece ser el eslógan del día.
Así, eso, la desclasificación de los documentos de aquel hecho nefasto, ha bastado para que Alberto Núñez Feijóo clamase por el retorno de quien para nada es un exiliado -puede regresar cuando quiera, aunque no a residir en La Zarzuela- y que, además, fue él mismo quien fijó el lugar de su residencia cuando abandonó España, en medio de un no pequeño escándalo, el 3 de agosto de 2020. Desde entonces, ha pasado temporadas entre nosotros, ha participado en campeonatos mundiales de regatas y, cierto, ha sido objeto de algunos desaires, especialmente al haber sido olvidado en determinados actos del protocolo en su papel de importante factor para la democratización de España. Un factor, sí; pero no, claro, el único.
Juan Carlos I, que reinó en España durante casi cuarenta años, ha sido, desde que salieron a la luz algunos asuntos económicos y amorosos no demasiado edificantes, un villano para una parte de los españoles, incluyendo el Gobierno de Pedro Sánchez; y siguió siendo el héroe que trajo la democracia y garantizó las libertades en la noche oprobiosa del 23-f para otros muchos compatriotas. Las dos Españas, en suma, que ante cada circunstancia histórica o incluso puntual tienden a dividirse.
Tan absurdo era creer que Juan Carlos I había estado de alguna manera tras el golpe brutal (y cruento) que preparaban algunos militarotes prusinaos y guerracivilistas como pensar que ni él ni la llamada 'clase política', e incluyo a socialistas y comunistas de la época, nada sabían sobre los intentos de 'reordenar' la política española, que había caído en una situación peligrosa ante la situación física de Adolfo Suárez y el abandono al que se veía sometido por su partido. Claro que había conversaciones, y no solo en cenáculos y mentideros, sobre la necesidad de que, coyunturalmente, un 'militar demócrata' (no había entonces muchos entre los jefes castrenses, nada que ver con la situación actual) formase un Gabinete de concentración temporal para salir del 'impasse' y convocar elecciones.
Claro, nadie pensaba en la brutalidad de Tejero entrando a tiro limpio en el Congreso ni en la de Milans sacando los tanques a las calles valencianas. Y esa fue la vacuna contra otras tentaciones más o menos cautamente involucionistas, algunas, lo admito, impulsadas por la mejor voluntad de dotar ulteriormente al país de una democracia sólida. Aquella noche tremenda pasó lo que pasó, y a Juan Carlos hay que agradecerle que, con su comparecencia ante las cámaras de televisión y con sus conversaciones, algunas bien difíciles, con los capitanes generales, evitase una catástrofe.
Pero los papeles desclasificados no lo dicen todo: ni el clima previo a la intentona, que empezó a tomar cuerpo con la llamada 'operación Galaxia', ni la extensión de la trama civil, que sigue siendo por completo ignorada. Y que hace años a un grupo de periodistas, que escribimos un libro, 'Todos al suelo', apuntando algunos nombres de conspiradores desde la vida civil, nos llevó a los tribunales y a mantener una polémica con un famoso escritor, que ahora dice que no hay sorpresas en los papeles desclasificados, porque "yo ya lo conté todo", asegura.
Y no es así. Ni está todo contado ni es probable, faltando ya algunas figuras clave, que llegue a contarse. Ni hay tampoco voluntad, me parecen, de esclarecerlo todo hasta el final, comenzando, ya digo, por algunos nombres no uniformados, sino muy encorbatados. Y no será desde luego, con el libro teóricamente autobiográfico de Juan Carlos de Borbón como lleguemos a enterarnos. Pero él, el 'emérito', ha salvado los papeles, los muebles y quizá su memoria cuando los historiadores completen su trabajo.
Y ellos, los historiadores, no podrán silenciar la dualidad bipolar del héroe y el villano, por duro que resulte decirlo aplicado a una figura por lo demás tan simpática como Juan Carlos de Borbón y Borbón. A quien yo también, por supuesto, le deseo un pronto regreso a España, no para que muera aquí, como se dice un poco impúdicamente, sino para que viva muchos años en la felicidad de asentirse reconocido y no falsamente lisonjeado por sus compatriotas.
Juan Carlos I es, al fin y al cabo, y quizá junto al hoy tan denostado por los suyos Felipe González, el último gran testigo de nuestra Historia contemporánea. Y como tal habría que mimarlo en este país tan iconoclasta.
Contenido patrocinado
También te puede interesar