José Teo Andrés
50 años de la otra República
Llevo bastantes años observando con atención el contenido de mis sueños y he llegado a varias conclusiones que juzgo de interés, de ahí que haya escrito este artículo, para compartirlo con los lectores y someterlo a su juicio.
Para empezar, identifiqué una importante diferencia entre el pensamiento vigil y el onírico. El primero, por estar en contacto directo con la realidad, tiene como función elemental satisfacer necesidades y carencias; mientras que el segundo, ajeno por completo al mundo exterior, por lo general expresa deseos y «no-deseos». A continuación expongo varios ejemplos.
Deseos: quien cambia de ciudad o país sueña que vuelve a ellos; quien perdió a un ser querido sueña que no falleció y se encuentra con él; y si tu amor no es correspondido soñarás que conquistas a la amada.
No-deseos: sueñas que te quedas calvo, que te cortan el pene, o que te mueres.
En su fundamental obra «La interpretación de los sueños», Freud parte de una premisa esencial de su teoría: los sueños tienen un significado oculto. Afirma también que son realizaciones de deseos reprimidos, sobre todo de carácter sexual o agresivo. Sin embargo, debido a su naturaleza conflictiva no se expresan de forma abierta, sino velada: poseen un «contenido manifiesto» (lo que se sueña) y un «contenido latente» (el significado real de las imágenes sensomotoras oníricas, camuflado en una representación simbólica que es preciso interpretar). La interpretación se basa en el desenmascaramiento de los símbolos, en la asociación libre (se toman elementos del sueño y se solicita al que lo tuvo que diga lo que se le ocurra con absoluta libertad) y, subsidiariamente, en la escritura automática (una asociación libre escrita).
Con respecto a la interpretación de los símbolos conviene señalar que, aunque se realice conforme al contexto del sueño, resulta problemática dado que poseen una pluralidad de significados, tanto en las diferentes culturas (relativismo cultural) como en el seno de la propia, y aun en cada individuo particular. En este último caso corresponde al analista intervenir para sacarlo a la luz; es decir, existe un riesgo indeterminado de que el significado atribuido proceda del psicoanalista en lugar del psicoanalizado. Por otra parte, tanto la asociación libre como la escritura automática son métodos de investigación carentes de evidencia científica contrastada; en consecuencia, es legítimo concluir que la teoría freudiana de interpretación de los sueños no puede considerarse verdadera sin más discusión.
En relación con mis autoobservaciones, distingo dos clases de sueños: los caóticos y los discursivos.
Como su nombre indica, los sueños caóticos están conformados por fragmentos independientes sin ningún vínculo entre ellos, en ocasiones entremezclados. Podemos llegar a creer que se pueden ensamblar, tal si fuesen piezas de un Lego, para encontrarles un sentido, pero resulta imposible porque son por completo ajenos los unos de los otros. Semejan una escritura ilegible e incomprensible.
Por el contrario, los sueños discursivos constituyen relatos con cierta coherencia, dotados de continuidad, que en no pocas ocasiones se desarrollan a modo de un único plano-secuencia cinematográfico. Debido a esta característica nos parecen inteligibles.
Esta tipología de los sueños me ha llevado a elaborar una hipótesis sobre su génesis y posible cometido.
En primer lugar, he de manifestar que es factible que en el cerebro humano además de los estratos anatómicos e histológicos existan otros puramente funcionales, que posibilitan las referidas manifestaciones oníricas. Asimismo, creo muy probable que los sueños sean resultado de la activación simultánea de diferentes estructuras encefálicas (a día de hoy algunas identificadas y otras no) que operan de forma similar a los programas de edición audiovisual, en diferentes capas superpuestas, bien de manera sincrónica o diacrónica. Dicha disposición y desempeño explicarían la frecuente mezcolanza de los sueños, al tiempo que ponen en duda la existencia de un significado profundo de los mismos.
En segundo lugar, hemos de entender la actividad del cerebro mientras dormimos como un proceso de reorganización, reubicación, fijación y tamización de sus contenidos, los cuales no son etéreos, sino que ocupan un espacio material. Los pensamientos, las ideas, los deseos…, incluso la conciencia, precisan de algo físico en que sustentarse: moléculas o supramoléculas más o menos complejas, más o menos estables, más o menos duraderas. En este sentido, los sueños pueden considerarse «cuasi epifenómenos» de la dinámica neuronal durante el dormir. Con esta expresión pretendo subrayar que no son fenómenos centrales, sino derivados del quehacer cerebral durante el sueño y que no poseen necesariamente un significado intrínseco, aunque sí pueden producir efectos limitados.
Por consiguiente, los sueños no nos revelan verdades ocultas ni atesoran un significado propio, aunque es seguro que cumplen variadas funciones que ignoramos (tal vez favorezcan la consolidación de la memoria, o la homeostasis sináptica, o la regulación de los sentimientos y de las emociones…). Si no fuese así no existirían ya que la naturaleza no desperdicia recursos. Además, no debemos olvidar que no solo el hombre sueña; también lo hacen otros animales, mamíferos y no mamíferos, lo cual sugiere que los sueños constituyen una necesidad biológica de los cerebros de cualquier especie.
Concluyo esta sucinta reflexión acerca del hipotético significado oculto de los sueños rememorando un chiste que leí en una revista siendo niño, en el que se sintetiza mi pensamiento al respecto:
¡Camarero!...: ¿¡Qué significa este pelo en la sopa!?
No significa nada, señor; no significa nada.
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