Guillermo Juan Morado
Católico y masón
Una de las virtudes más apreciables del Campeonato del Mundo de Fútbol es que ha conseguido aparcar por unos días la calamitosa situación jurídico-política que nos invade, y cuya manifiesta superioridad moral para tirar del país solo ha agredido muy ligeramente esa reunión de indeseables que se ha presentado en las festividades de San Fermín al grito de “¡Puta España, puta selección!” que muestra la vertiente más vergonzosa y salvaje de la sobradamente vergonzosa caverna abertzale. Solo he estado una vez en mi vida en las fiestas de San Fermín, fue tan inquietante y tan poco divertido que juré no volver por más que me guste Pamplona, una ciudad a la que he viajado con mucha frecuencia para ver a parte de la familia que allí sigue residiendo y a la que seguiré visitando siempre que no coincida con el 7 de julio por mucho que a Merino le entusiasme, lo cual es muy comprensible porque Merino es de allí.
Lo cierto es que a medida que la selección nacional va desbrozando el camino que le acerca a la final, el país se va olvidando de las joyas de Zapatero, el delito ya juzgado del fiscal general, el puterío caro del reo Ábalos, el incalificable libro de Santos Cerdán, los audios de Leire y su red de chantaje, las influencias de Begoña, y las andanzas de Koldo el esclavo, o lo que es lo mismo, todo aquello que contribuye a esculpir el incierto futuro del presidente Sánchez cuyo aspecto recuerda más cada día al empleado de pompas fúnebres que aparecía en los tebeos de “Lucky Luke” cada vez que había duelo en la calle principal.
El fútbol tiene esas cosas y se ha manifestado a lo largo de la historia como un poderoso bálsamo para curar las penas, elevar el ánimo y borrar los malos recuerdos y las situaciones desagradables. Solo hace falta que el equipo gane y en este caso, el que gana es el de todos menos de los energúmenos de San Fermín a los que el resto de los asistentes mandó callar con la energía y la presteza necesaria para imponer la adorable idea de que esos comportamientos son tan feroces como minoritarios y que el país es otro. Lo que sí conviene recordar a los están con el agua al cuello, es que esto no es más que una tregua y que cuando acabe el Mundial volverán las oscuras golondrinas. Y que no se le olvide al number one.
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