Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
España es un país prácticamente inimitable a la hora de construir mitos de la nada. Hacer santos, genios o iluminados de personajes que, analizadas a la luz de la razón y el pragmatismo, nada tienen de ninguna de esas atribuciones y no se merecen ni por asomo el rango adquirido. ¿Cómo es posible que un auténtico botarate sin la menor virtud ni ilustración, como este pasmado grotesco llamado Puigdemont pueda haberse convertido en epicentro del movimiento independentista catalán, elevado a la categoría de santón venerado en su retiro de Waterloo? ¿Fue alguna vez Badosa una tenista con verdaderas posibilidades de convertirse en número uno o es lo que es, una permanente irregularidad que no se entiende a sí misma y va de derrota en derrota sin que nadie le diga que ya está bien de escusas y argumentos imposibles de disculpar? ¿Hemos enviado a Eurovisión una diva de cuerpo entero a la que la injusticia y la persecución política han conducido a una posición que no merecía, o bien es una intérprete mediocre defendiendo un bodrio y obteniendo un antepenúltimo puesto acorde con sus verdaderas posibilidades y las de la canción que defendía? ¿Puede este PSOE de ahora obtener más de siete millones de los votos del electorado español con personajes como Pedro Sánchez, María José Montero, Óscar Puente, José Luis Ábalos, Koldo García, Santos Cerdán, Leire Díez, Álvaro García Ortíz o Miguel Ángel Gallardo a los que uno se encuentra en pandilla una noche en una calle y se cambia de acera inmediatamente?
Pues es probable que el país esté estructurado anímicamente así desde los tiempos de Chindasvinto, y sea por eso por lo que construyamos héroes de la nada y los adoremos como si fueran hijos del Olimpo despreciando de paso a otros y otras cuya sapiencia y vidas ejemplares sean merecedoras con sobresaliente de los puestos, los homenajes, el lustre que tiene estos y otros miles de ejemplos distribuidos por la geografía española y que no es otra cosa que una manada heterogénea e inclasificable que no solo adquiere reconocimiento social sino que está generosísimamente retribuida por méritos ficticios que no han conseguido ni de broma. Cervantes las pasó putas y Ramón y Cajal hacía equilibrios para que lo dejaran investigar. Lo que son las cosas.
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