Fermín Bocos
Los relevos en el Gobierno
Pertenezco a una generación de periodistas que, por convencimiento propio, creyó en la existencia de límites razonables ante los que debería detenerse el ejercicio de nuestra libertad de expresión, de investigación y de divulgación de hechos y de opiniones. No era una forma consciente de autocensura, era simplemente sentido de la responsabilidad y sometimiento al principio democrático de que no existen libertades ni derechos absolutos ni ilimitados. En noviembre de 1994, en el Palacio de Comunicación de la que fuera Expo 92, en Sevilla, en mi condición entonces de presidente de la Asociación de la Prensa de Vigo, intervine en la elaboración del Código Deontológico de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España. Por cierto, que se nos había adelanto ya el Colegio de Periodistas de Cataluña.
Prefiero sobrevolar algunos casos extremos de los personajes que ahora deambulan con el micrófono en la mano a modo de ariete, como si fueran paradigmas del bien y olvidan el sagrado principio de los periodistas ni somos ni debemos ser protagonistas de la noticia. Mucho antes de que se inventaran los códigos deontológicos, los grandes teóricos de la comunicación ya habían dado unas reglas mínimas para los contenidos en cualquier proceso de comunicación, cuyos cuatro grandes principios establecían: A) La regla del buen gusto evita la sordidez. B) La regla de la salud social evita la apología del delito. C) La regla decencia evita lo escabroso. D) La regla del equilibrio evita el detalle innecesario. Comparar estos principios con la realidad cotidiana que se nos ofrece hoy en día en los medios de comunicación de mayor incidencia, especialmente en las redes digitales y televisiones, puede servir de necesaria referencia para advertir la degradación a que se halla sometida, en nombre de la libertad, la comunicación de masas con ciertos personajes.
Este tipo de periodismo se define con una palabra alemana, que se utiliza al mismo tiempo para la subliteratura: Se trata del llamado "Periodismo Schund". cuyas características más definitorias son las siguientes: A) En relación con la expresión o el estilo: lenguaje vulgar, suma de tópicos, vocabulario pobre y no periodístico; B) En relación a los temas: pornográficos y eróticos, sensacioanalistas en el sentido extremo de la palabra. C) En relación con lo que fomentan en la sociedad: subcultura, amoralidad e irresponsabilidad. D) En relación con la información: inútil, innecesaria y degradante. E) En relación con la ética: Daña a la sociedad o a una parte esencial de ella. Es perjudicial para la buena fama de la profesión periodística.
Quiero citar especialmente aquí una de las normas éticas del prestigioso Washington Post, en relación al buen gusto, que, a mi entender, resume claramente aquello que todos los periodistas del mundo deberíamos hacer propio: "El Washington Post como diario respeta el buen gusto y la decencia, entendiendo que los conceptos de la sociedad acerca del buen gusto y la decencia están constantemente cambiado". Es cierto, pero existen determinados principios inmutables que se mantienen inalterables a lo largo de los tiempos y que constituyen la esencia de la convivencia en paz y democrática de las gentes y los pueblos. Esta reflexión se resume en los principios de la citada publicación, de suerte que lo dice todo: "Como difusor de noticias, el diario observará la decencia de un caballero particular".
Al reflexionar sobre ética e información, la sinceridad no aconseja el optimismo. Hemos analizado y desmenuzado lo que debería ser, no lo que es. Francamente, uno siente hoy un profundo sentimiento de rechazo ante el camino que llevan las cosas, especialmente en las televisiones y redes, que han convertido el dolor y las pasiones humanas en un espectáculo a las horas de mayor audiencia en la franja horaria. Sujetos diversos que ni no se pueden considerar periodistas, sino cualquier otra cosa, se prestan a presentar programas en los que personajes derrotados por la vida convierten su tragedia y sus miserias en materia opinable para que el público presente en el plató los interrogue, entre comercial y comercial, sobre los aspectos más íntimos y terribles de su existencia, con enorme naturalidad.
Todos los vicios, todas las pasiones inconfesables, todo cuanto habita en el más profundo y recóndito lugar del ser humano es diseccionado como en la pista de un circo o en un espectáculo erótico-musical. Deformaciones psíquicas y psicológicas, desgracias familiares y crímenes horrendos son mostrados como una exposición de cosas normales, no para promover la compasión, el análisis científico o provocar alivio o solidaridad, sino simplemente por el puro placer de ahondar en el lado más oscuro de la vida, poniendo ante los ojos de la gente el repertorio de todas las desgracias humanas. Quizá el efecto de este carrusel sea conseguir que el oficinista amargado por su existencia de burócrata se acueste complacido con su suerte, pensando que siempre hay cosas peores en la vida. Cuando los televidentes demandan o adquieren lo que se anuncia en las pausas comerciales son los que sostienen este tinglado.
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