Manuel Orío
La amenaza en la sombra
No es, desde luego, el "Yo acuso" de Zola en el caso Dreyfus, pero un poco sí. Porque uno, y cuantos comparten con uno el delicioso, caro y letal hábito de fumar, tenemos muchos motivos para acusar, aunque de ordinario no lo hagamos, ¿para qué? Podríamos, empero, acusar al mundo en que nacimos de inducirnos, de obligarnos casi, a esa práctica tan sedadora como adictiva. Los mayores, entre los que me cuento, se criaron en unos tiempos, en una sociedad, en un mundo, donde todo el mundo fumaba todo el rato en todas partes: los médicos en sus consultas, los futbolistas en los descansos, los curas en los confesionarios, los obreros en las fábricas, los periodistas en las redacciones, los actores en las películas aunque no hicieran de malos, la gente de la televisión ante la cámara y los abuelos más o menos a escondidas. Los jóvenes, porque tienen el fumeque en sus diversas modalidades al alcance de la mano.
El tabaco de liar, el cigarrillo, fueron y siguen siendo una herramienta de socialización. El puro y la pipa, no tanto, casi nada, pues remiten más a la ostentación y a la introspección respectivamente. Pero a lo que íbamos, que los fumadores podríamos acusar a diestro y siniestro, al Gobierno que urde éstos días la enésima persecución al fumador sin ir más lejos, pero ¿para qué? A Dreyfus, gracias al "J`accuse" de Zola, acabaron devolviéndole los galones y el honor, pero nosotros no tenemos rehabilitación posible mientras sigamos fumando, y si lo dejáramos tampoco, pues cualquier disfunción orgánica que nos aquejara en el futuro se atribuiría al haber sido fumador en el pasado.
Pero si fumamos y nos prohíben hacerlo en cualquier parte salvo en casa, donde puede haber niños y animales, no podemos dejar de acusar a la liga anti-tabaco de abuso del débil y de hipocresía. Esa ley inicua que propone la talibana de la salud Mónica García se ensaña con el débil, con el fumador, que es una criatura pacífica y observante de las leyes, pero no combate la brutal invasión de los plásticos en los alimentos, en la ropa, en los utensilios, en el aire y hasta en el biberón de los bebés, mucho más perjudiciales para todos que el hábito cada vez más solitario de encenderse un piti de vez en cuando. Yo fumo. Y sé que, aunque inocente, no alcanzaré nunca, aunque lo dejaré, a desprenderme del estigma.
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