Carmen Tomás
Por la puerta trasera
El nacimiento, la muerte o el matrimonio han dejado de ser percibidos como eventos sagrados para ser considerados como meramente mundanos. Los Seminarios se cierran y las parroquias languidecen - menos sacerdotes y menos fieles -, a pesar de algunos signos que apuntan a un cambio de tendencia.
No obstante, cuando ya todo se ha secularizado, llama la atención que sea de interés escribir sobre la Iglesia o sobre el papa, o estrenar películas que recrean un cónclave, como la de Edward Berger de 2024. Entre los libros de esta temática, destaca el de Javier Cercas, “El loco de Dios en el fin del mundo”, de 2025, o el más reciente, de 2026, del escritor peruano Santiago Roncagliolo, “El pastor y los lobos”.
Roncagliolo entrelaza en su obra – dedicada, según sus propias palabras, “A mi madre, que me enseñó a rezar y a cantar canciones revolucionarias” – varios hilos que conforman una trama: La gestión de los abusos perpetrados en entornos católicos de Perú; la llegada al pontificado de León XIV, el agustino Robert Francis Prevost, estadounidense de nacimiento, misionero en el país andino y obispo de Chiclayo; y la reconstrucción de su propia biografía, la de Roncagliolo, siempre al filo de la fe, oscilando, en cierto sentido, entre lo que él llama “dos dioses”: el que está aquí abajo, en la tierra, y el que nos mira desde arriba, desde el cielo.
Hacia el final de su libro escribe: “Me mudé a España a los veinticinco años, e ingresé en un mundo en que la religión está mal vista. Es considerada una especie de enfermedad infantil […] Durante décadas, no volví a asistir a misa, salvo por razones sociales – bodas, bautizos, comuniones -, y no eché de menos nada”. En suma, lo que podría decir la mayoría de los que se mueven en ambientes de alta cultura en la muy secularizada Europa.
Pero escribir sobre la Iglesia y sobre el papa empuja a Roncagliolo a recorrer su propia historia: desde su educación en un colegio jesuita hasta sus barruntos sobre su posible vocación sacerdotal. De su paso por la escuela señala que la Compañía de Jesús “nos educaba con un sentido de élite moral”: “Recuerdo a un cura del colegio, durante la hora de Religión, enumerar a los exalumnos ilustres de la congregación […] Hablaba de gente que había marcado la historia universal: Descartes, Robespierre, Antoine de Saint-Exupéry”. Y, a la pregunta de un estudiante acerca de Fidel Castro, también exalumno de la Orden, el cura contestó: “Mira, niño, a nosotros no nos importa que sean grandes hombres o grandes delincuentes. Nos importan que sean grandes”.
El tema de la fe está muy presente en el texto de Roncagliolo, pero lastrado, quizá, por un posicionamiento excesivamente dialéctico, que subraya la oposición, el enfrentamiento. Pese a todo, escoge creer, al menos con fe humana, apostando porque, en ocasiones, la confianza pueda ser razonable. Por esa apuesta, le resulta simpático León XIV: “yo escojo creer que Prevost es un hombre bueno”. Habría que señalar que Prevost, como la fe, tiene más que ver con la síntesis que con la dialéctica.
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