José Teo Andrés
Cíes y la historia
He cumplido los suficientes años como para haber tenido tiempo de conocer a muchos soberbios de diversas especies. Está el soberbio con poder, el soberbio sin poder, el soberbio popular y el soberbio contradictorio. Entre los soberbios sin poder, recuerdo, especialmente, a un cabo primero, que se paseaba por el acuartelamiento con más orgullo que el general Patton en la II Guerra Mundial pasando revista a los tanques en el Norte de África.
Soberbios con poder he conocido bastantes. Recuerdo a un ministro de Economía del PP, a un alcalde de Zaragoza, al presidente del Consejo de Administración de una empresa que sigue cotizando en el Ibex 35 y a un puñado de empresarios del ladrillo que estrenaban riqueza con petulancia. Los soberbios populares -mal llamados famosos- suelen abundar en el ambiente del espectáculo y la televisión, y entre algunos jóvenes futbolistas de alto fichaje. Los menos frecuentes suelen ser los soberbios contradictorios, porque sólo se les conoce en pequeños ambientes empresariales, y corresponden a grados medios de jerarquía, donde se muestran dictatoriales con los inferiores y pelotilleros, hasta el ridículo, con los superiores.
En ocasiones, uno de estos soberbios contradictorios se convierte también en soberbio popular, como es el caso de Pedro I, El Mentiroso. Tiene poder, mucho poder, y su soberbia es ampliamente reconocida, tanta como su contradicción. Por eso mismo, causa, no ya asombro, sino pasmo, comprobar que tiene que pasarse la vida arrodillándose ante personajes que él sabe que no están a su inmensa altura, y humillarse, y tener que decir lo contrario de lo afirmado, y disimular el desprecio que le produce un tipo del club de fans de los asesinos etarras, o un ex etarra, y tener que fingir una gran admiración por un secuestrador en excedencia. O cambiar por completo una ley, porque no le agrada a un cobarde prófugo, y tener que olvidar que afirmó que, al cobarde, lo traería de Europa, y lo sentaría ante los jueces. Debe ser horroroso para su soberbia alabar a su colega, el ex-presidente José Luis Rodríguez Zapatero, y, de un día para otro, prohibirle que aparezca en ningún mitin del PSOE, y evitar fotografías con él. Menos mal que todas estas contradicciones, él, en su supremacismo, considera que el resto de los ciudadanos no las advertimos. Porque, si lo reconociera, sería todavía más dolorosa su extraña soberbia.
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