Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
La sucesión de hechos excepcionales es la nueva normalidad. Abriendo el paréntesis con la Gran Recesión de 2008 y cerrándolo, por ahora, con el apagón eléctrico o el robo de cobre en la línea de AVE, lo excepcional se ha colado en nuestras vidas con la persistencia de lo normal.
Escribía Saramago que “la vida antigua tenía una cosa mala: era dura. Y tenía una cosa buena: era sencilla. Hoy sigue siendo dura, pero ha perdido la sencillez”. El apagón ibérico apenas hubiera suscitado alguna sorpresa hace poco más de cincuenta años, y no solo por el atraso material y las dictaduras imperantes a ambos lados de la raia. Hoy, las tinieblas sobrevenidas, la repentina inutilidad tecnológica y el vacío informativo convierten lo accidental en crisis de Estado.
De todos los consejos que estos días he escuchado sobre cómo comportarse en situaciones excepcionales, el más sensato es aquel que recomendaba actuar con normalidad siguiendo, en la medida de lo posible, las rutinas habituales. La pandemia nos demostró que era posible vivir, durante semanas, con normalidad una situación excepcional. De hecho, renació el hábito de la lectura y, a una hora determinada, hasta salíamos a los balcones para aplaudir con agradecimiento a quienes nos cuidaban. Al día siguiente del apagón, cuando la vida volvía a su ritmo habitual, urgente y conectado, en la panadería se comentaba con sorpresa el gusto por la conversación que la carencia de electricidad nos había descubierto. Una conversación mirándose a los ojos, adaptada al ritmo lento de las horas y la luz cambiante de la tarde. Una conversación no amenazada por llamadas, correos electrónicos y alarmas celulares.
Los ciudadanos hemos demostrado la capacidad para soportar el silencio de las máquinas, incluso el aislamiento. También, es cierto, apreciamos que se nos trate como adultos, recibiendo información de lo que pasa, de las causas y de las previsiones para el futuro inmediato. Una vez más, la clase política no ha sido capaz de ir un paso por delante de los acontecimientos y a la altura de los requerimientos de la sociedad. Ocurrió con la dana en Valencia y se ha repetido ahora con la inaudita caída eléctrica. ¿Puede la descentralización, la desaparición de Mazón o la ignorancia de su consejera justificar la inacción del gobierno central en la riada levantina?; ¿es justificable la falta de previsión ante un fenómeno inhabitual, pero al parecer no imposible, como es el “cero absoluto” eléctrico?
El ataque al adversario es el campo de batalla elegido por gobierno y oposición para no centrarse en los fallos, cada vez más reiterados, del sistema de respuesta ante emergencias de todo tipo. Lo excepcional y desgobernado es la nueva normalidad.
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