Fermín Bocos
Moción de censura: lo que no mata engorda
Decía este pasado lunes el presidente gallego, tras la cesión de la Xunta de dos edificios a la Universidad de Vigo, que ahora sí, con este convenio y la demolición de algunas edificaciones, el desarrollo de la urbanización de la ETEA iba a velocidad de crucero. Ya me gustaría. En realidad, la ETEA, como pasa tantas veces en Vigo con proyectos que se eternizan, lleva 20 años dando tumbos, haciendo la yenka y convirtiendo una historia que tendría que ser de éxito en el paradigma si no de un fiasco, porque antes o después se completará el desarrollo de la antigua base naval, al menos sí de una cierta frustración. La cosa se torció pronto: la ETEA quedó vacía tras la marcha de la Armada y Zona Franca compró las instalaciones para hacer algo. ¿Qué? No se sabía, así que hubo un concurso de ideas que quedó en poco o nada. Porque unos años después la Xunta del bipartito decidió que era un lugar idóneo para la ciudad del mar, que iba a ser un conjunto destinado a la investigación y el atraque de oceanográficos.
Una idea que sonaba bien, pero muy poco concreta. Y que la Xunta de Feijóo modificó sustancialmente, incluyendo varios ajustes, dejando la investigación universitaria, pero dando más peso a su uso vecinal, con la apertura del paseo y las playas. Y desde entonces hemos avanzado, pero poco. Cierto que la ETEA tiene uso ciudadano, pero ninguno de los edificios ha sido reconvertido para la UVigo y tampoco el CSIC construyó su nuevo centro. De hecho, ante el retraso peligran los fondos europeos. Y todavía falta que el Concello firme el convenio para el desarrollo de los servicios en la avenida central, donde iba Zona Franca, de nuevo implicada, a construir un parking. Y sin dicho convenio, que incluye la instalación de servicios, no se puede dar licencia para las edificaciones proyectadas, ya como rehabilitación o de nueva construcción, como la residencia de mayores que promueve la Fundación Amancio Ortega (que ya funcionan en las otras ciudades). Y así va todo. Desde luego, todavía lejos de la velocidad de crucero que el presidente gallego espera y Vigo desea.
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