Nuestra estéril partitocracia

Publicado: 14 jul 2025 - 01:10

Este pasado fin de semana España asistió atónita a un nuevo episodio de la estéril partitocracia que nos desgobierna pero nos manda y nos expolia desde hace ya demasiadas décadas. Cuando una de las dos cabezas de la serpiente partitocrática está tocada por la corrupción, cosa que ocurre inexorablemente a los equis años de controlar el Estado, la otra cabeza presume de honrada sin importar que su corrupción pasada, pero reciente, se sitúe entre la peor de Europa. Y viceversa. Pero, corrupciones al margen, lo realmente lamentable es la partitocracia en sí misma, es decir, el régimen oligárquico interior de nuestros partidos políticos. Todos ellos son así, quizá con una pizca más de libertad y democracia internas en el PNV, pero tampoco demasiado. No, la ultraderecha de Vox no se salva. Enseguida sucumbió su intento de primarias y otras medidas de democracia interna, nada más nacer ese partido, porque pronto se impuso la ley de hierro de las oligarquías y, con ella, el jerarquismo social tan afín a las ideas voxeras y a sus antepasados intelectuales de camisa azul “que tú bordaste rojo ayer”. Y no, tampoco se salva la ultraizquierda: las ridículas asambleas “de facultad” y las votaciones agitando las manitas en el aire, sin ocultar que se trataba de votaciones a mano alzada para mitigar toda disensión, fueron puro folclore de los soviets. Es que “sóviet” significa precisamente “asamblea”, y nada hay menos democrático que el asamblearismo. Una amplia asamblea es fácilmente manipulable, sobre todo tal como las hacían los podemitas: sin censo claro, sin quórum preciso, sin un procedimiento garantista… Las primarias telemáticas y los referendos internos no han ocultado que también nuestra ultraizquierda es partitocrática, que con el aparato de la cima nadie puede. Lo único diferente es que se han tomado más molestias en dotarse de alambicados vericuetos procedimentales para liar el lío y parecer sin ser. Más o menos lo que hizo el chavismo al crear un extraño “poder electoral” supuestamente independiente. Ni Vox ni Podemos/Sumar han tenido democracia interna. Tampoco la tuvo Ciudadanos. Y mucha gente de todos esos partidos e incluso de PP y PSOE se indigna cuando afirmo que en España no hay democracia interna en los partidos o, en realidad, es que ni siquiera se puede decir que tengamos partidos políticos en el sentido cabal de la expresión.

La falta de partidos normales es un fallo de nuestra Transición. Se quiso que fueran pocos y robustos, sin mucho lío interno. El resultado fue una partitocracia extrema, seguramente la peor de Europa. A lo largo de los años he visitado congresos de al menos diez partidos europeos, y de verdad que a uno se le ponen los dientes largos. Para empezar, aquí se confunden los términos siempre. Por ejemplo, se especula con “primarias” que no son tales, pues la primarias son para escoger candidatos, no para dotar la dirección. Además, los políticos y la prensa incurren en el error inmenso de pensar que la dirección ejecutiva de un partido no debe representar proporcionalmente a sus facciones y corrientes, o ser elegida sencillamente votando a individuos, sin listas y sin avales previos escandalosamente difíciles de obtener. Claro que una ejecutiva debe ser plural, y no la claque del adorado líder. Si pobre e inmadura es nuestra democracia general, mucho mayor es su cerrojazo interno en los partidos. No hay lugar para el surgimiento espontáneo de liderazgos desde las bases, como no sea previo cabildeo en el “equipo” de un barón. Las baronías territoriales son la única y levísima forma de contrapesos de poder internos, pero cada taifa se limita a reproducir a escala los males del cesarismo general de la cúpula.

Ha llegado el momento de coger el toro por los cuernos. Esto sólo se podrá solucionar legislativamente. Hace falta una ley que proteja eficazmente a los ciudadanos en su condición de afiliados a los partidos políticos, con reglamentos estándar muy precisos. El poder extremo que tienen quienes ya están encaramados a los despachos de Ferraz, Génova o cualquier otra sede es una lacra que hace nuestra gobernanza política mucho menos democrática que la de países como los escandinavos, el Benelux u otros. Es además absurdo el control que esas sedes tienen sobre sus parlamentarios, exhibiendo que, obviamente, no han sido elegidos por la población (apenas los ha ratificado) sino por el líder supremo. Bastaría que cada sede mandara a la Carrera de San Jerónimo un apoderado para votar por todos ellos, porque jamás hay diversidad de voto ni sorpresas, ni nada de nada. Son bloques monolíticos de parásitos cómodos en su escaño y decididos a no hacer absolutamente nada disruptivo desde él, para asegurarse la continuidad cuando lleguen las siguientes elecciones. Es cierto que nuestra “clase política” es mediocre, extraordinariamente inculta y repulsivamente lamebotas, pero en gran medida eso es producto del sistema. Hágase una ley que fuerce sin contemplaciones la democracia, el pluralismo y los derechos en el interior de todos los partidos… y otro gallo nos cantará.

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