El espíritu de la vieja Europa

Publicado: 20 feb 2025 - 01:30

En los momentos más dramáticos del continente es cuando debería aflorar el espíritu europeo, el alma de la unidad de todos los pueblos que componen la vieja y querida Europa con su milenario bagaje de sabiduría y cultura a la espalda y los miles de años venidos desde la espada de Carlomagno hasta nuestros días. Sin embargo, despoblando de tópicos y lugares comunes, verdades históricas a medias e interpretaciones sesgadas el heroico concepto, el espíritu de la vieja Europa no brota. Y no brota porque, en realidad, nadie cree en él con todas sus consecuencias. Es muy hermoso citarlo y en labios hechos a la alabanza y el romance la idea suena bien. Uno se pasea en silencio por la nave central de la catedral de Colonia, por el claustro del monasterio de Yuste, bajo los reflejos infinitos de las vidrieras de la Sainte Chapelle de París, bajo la sombra egregia de la puerta de Brandeburgo en Berlín, anonadado ante la presencia impresionante de la catedral de Milán o recorriendo a media noche una por una las piedras regulares de la Grand Place de Bruselas y corre el bendito riesgo de creérselo apabullado por la fuerza sobrecogedora de la Historia y el recuerdo sublime de los que la hicieron.

Recorriendo los caminos del continente desde el paso del Bósforo al escalón de Fisterra, uno siente la necesidad de meditar sobre la patria común de todos los que poblamos esta tierra vieja de cristianos espada en mano, de sabios anacoretas inclinados sobre escritorios iluminando incunables, marinos ilustres partiendo a conocer lo desconocido, soldados, aventureros, místicos, reyes, poetas, santos y toreros. Pero la realidad es otra…

La realidad es un territorio compuesto por países que discurren a distintas velocidades, que viven necesidades imposibles de compartir, que sueñan en cien lenguas diferentes, que rezan a Dios de cien formas distintas, que son altos y rubios como álamos o bajitos y nervudos como olivos. Hay países en este rompecabezas que viven la mayor parte del año a 20 grados bajo cero y en noche perpetua, mientras otros pisan las uvas, bailan y cantan al sol, lo guisan todo en aceite y no se ponen nunca el abrigo. Y el problema es que esos países del norte miran al sur con recelo y se ponen de los nervios cuando escuchan un fado, una tarantela o un fandango. Y así no vamos a ninguna parte. Ni vamos ni iremos. La igualdad en Europa es una quimera. Ni está ni se la espera.

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