Rafael Torres
La eutanasia de Noelia
Miguel Ángel Gallardo no tiene un aspecto externo que inspire confianza. Si es verdad el viejo y repetido refrán español que atribuye al cuerpo la potestad de ser también espejo del alma, el ex presidente de la Diputación de Badajoz -incluido en el macuto de posibles delitos ligados a la contratación del ex presidente del Gobierno- ofrece un perfil exclusivamente físico que a mí personalmente, me daría que pensar y que conduce a pensar que tampoco tiene este personaje un alma muy clara. En un laberinto de perversidades todas relacionadas con la plaza artificialmente creada en la Diputación y que fue a parar a las manos de un despistado David Sánchez incapaz de explicar ante la jueza instructora no solo el papel que desempeñaba esta plaza sino incluso su emplazamiento en el edificio, la presencia de Gallardo ha suscitado siempre un sospechoso tufo a impostura a deslealtad y a trampa como si este sujeto se amparara en la sombra, en la manipulación y el tráfico de favores. Paradójicamente la de David, que es el indeseado protagonista de la historia, no transmite ese hedorcillo a manipulación y trampa que desprende Gallardo. Sugiere cortedad y pocas luces pero no un carácter sibilino como el del presidente.
Pero es cierto también que no conviene guiarse por el aspecto exterior para calibrar sin otras razones, la calidad interior. Por desgracia, el comportamiento mostrado por Gallardo y especialmente en estos últimos meses, no solo muestra sino demuestra –con independencia de los resultados futuros de la causa jurídica si es que puede aplicarse en su condición de aforado- que además de una imagen poco tranquilizadora Gallardo tiene unos adentros que para qué contarles.
Ayer, y subido a una tarima con un atril que le tapaba convenientemente la boca para que las mentiras se quedaran por el camino, ofreció a la oposición eliminar los aforados. Pero la propuesta no tenía carácter retroactivo para no autolesionarse. De ser así, hubiera ofrecido la invalidación de su propia maniobra. Una maniobra que ha desatado la respuesta desabrida y rotunda de todas las instituciones incluyendo la propia y jurídica que lo está procesando. Tanta desvergüenza ya agota.
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