Manuel Fernández Ordóñez
¿Por qué la electricidad es tan cara?
La electricidad no se abarata con discursos rebuscados, de esos que perpetra Yolanda Díaz. Se abarata con tecnologías que compiten, con un sistema que funciona, con seguridad de suministro y, sobre todo, si la clase política mantuviera su perenne metástasis regulatoria fuera del sector energético. Nos venden muchos relatos, entre ellos pretender hacernos creer que basta con instalar más renovables para que la factura caiga por su propio peso. Insisten en este mensaje una y otra vez, pero la realidad, como siempre, es menos chiripitifláutica y bastante más cara.
Julio ha dejado datos muy incómodos para el relato oficial. El precio medio del mercado eléctrico mayorista superó los 104 euros por megavatio hora (euros/MWh), pese a que las renovables cubrieron el 66,83% del mix y la fotovoltaica alcanzó su récord de producción con 8.161 GWh. Es decir, más sol que nunca y, sin embargo, una electricidad extraordinariamente cara.
No hay ninguna paradoja, es sencillo de comprender. La energía solar puede abaratar muchas horas centrales del día (cuando hay sol), pero no resuelve por sí sola el problema decisivo: qué ocurre cuando cae la tarde, baja la producción renovable y hay que seguir alimentando el sistema. En ese momento entra el gas. Y si entra el gas, entra su precio. Y su precio es caro. La realidad es que el precio del mercado se fijó muchas horas a precio de gas. O dicho de otro modo, la última palabra no la tuvo la propaganda renovable, sino la dependencia material del gas.
Ahí está el fracaso de fondo en materia energética del Gobierno de España. No se trata de discutir si las renovables deben crecer. Por supuesto que deben hacerlo. Se trata de denunciar una política energética construida para el titular y no para la solidez del sistema. Se instala mucha potencia intermitente, pero no se resuelve al mismo ritmo ni el almacenamiento, ni la firmeza, ni la flexibilidad, ni las interconexiones. Por eso convivimos con horas a precio cero y con horas a precios desorbitados. No es una transición ordenada. Es un sistema desequilibrado.
Y, por si fuera poco, en este escenario de locos, el Gobierno pretende cerrar las centrales nucleares. Es difícil imaginar una contradicción más reveladora. Cuando el sistema sigue necesitando potencia firme para no entregarse por completo al gas, el Ejecutivo decide prescindir precisamente de una fuente estable, masiva y descarbonizada. Luego se hablará de transición ecológica, de modernización y de ambición climática. Pero todo será mentira, otra más.
A todo ello se suma una hipocresía particularmente indecente. En tiempos de Mariano Rajoy, subidas de la luz mucho menores bastaban para escuchar a la izquierda exigir responsabilidades, hablar hasta la saciedad de pobreza energética y presentar cada pequeño encarecimiento como una prueba moral del fracaso gubernamental. Hoy, con precios astronómicamente superiores, con una vulnerabilidad estructural preocupante y con millones de hogares sometidos a un castigo mucho mayor, la izquierda calla con una cobardía que avergüenza. Los mismos que pedían dimisiones entonces, gobiernan hoy sin ruborizarse ante niveles de pobreza energética que duplican los que ellos criticaban.
La lección de julio es bastante simple. España no necesita más exhibicionismo energético. Necesita una política seria. Menos liturgia, menos dogma y menos hipocresía. Una electricidad cara no es solo una mala noticia económica, es el síntoma de que las cosas no se han hecho correctamente. Es la prueba de que detrás del relato verde puede esconderse, perfectamente, una chapuza muy costosa.
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