Miguel Anxo Bastos Boubeta
Cuba y el fin de la Revolución
Cada año, en el tiempo de Navidad, se abre al público una sala normalmente oculta del Monasterio de las Descalzas Reales, en Madrid, llamada la “Divina Guardería”, porque en ella se custodian más de ciento treinta imágenes del Niño Jesús. Hay piezas de madera policromada, de cera, de marfil, de plomo…, procedentes de escuelas artísticas españolas, napolitanas, flamencas y hasta peruanas.
El Monasterio de las Descalzas Reales, perteneciente al Patrimonio Nacional, fue fundado por Juana de Austria (1535-1573), la hija menor del emperador Carlos V y de su esposa, la emperatriz Isabel. A su regreso de Portugal, ya viuda del príncipe don Juan Manuel, Juana de Austria convirtió el palacio en el que ella misma había nacido en un monasterio de monjas clarisas, donde instaló sus aposentos. Su cuerpo descansa en la capilla del palacio, que ocupa la estancia en la que ella vino al mundo. En el llamado “Cuarto Real” vivió y murió su hermana mayor, la emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico y reina consorte de Hungría y de Bohemia, María de Austria (1528-1603), quien, en 1582, algunos años después de la muerte de su esposo, regresó a España, alegrándose de “vivir en un país sin herejes”, para retirarse en el Monasterio de las Descalzas con su hija Margarita.
Era costumbre que las damas que profesaban en el monasterio aportasen, como un elemento de su dote, un crucifijo y una imagen del Niño Jesús, lo que, con el tiempo, contribuyó a que el monasterio albergase una colección de arte sacro de inconmensurable valor. Una de las personalidades que impulsó la devoción al Niño Jesús fue la mencionada Margarita – sor Margarita de la Cruz (1567-1633) -, de quien se cuenta que trataba estas imágenes como si fuesen niños reales, acunándolas e incluso tejiéndoles ropa a medida.
Hay un hilo conductor que vincula ese Madrid de los Austrias con la devoción a una de las imágenes de la infancia de Jesús más famosas del mundo: el Niño Jesús de Praga, que se venera en la iglesia, confiada a los Carmelitas Descalzos, de Nuestra Señora de la Victoria, situada en el maravilloso barrio de “Malá Strana”, conocido como “la Perla del Barroco”, en la ciudad de Praga. La estatua tiene su origen en España, muy probablemente en el siglo XVI, y fue llevada a Praga por la aristócrata, dama de la corte de la emperatriz María de Austria, María Manrique de Lara y Briceño (circa 1538-1608), quien se casó con el noble checo Vratislav de Pernstein. Más tarde, ella dio la estatua a su hija Polyxena de Lobkowicz como regalo de bodas, quien, a su vez, la donó a la iglesia de los Carmelitas de Nuestra Señora de la Victoria. La emperatriz María Teresa de Austria regaló personalmente en 1754 una de las muchas túnicas bordadas que posee este Niño Jesús.
En la teología y en la espiritualidad católicas está muy presente la contemplación de “los misterios de la vida de Cristo”: desde los pañales de su natividad hasta el vinagre de su pasión y el sudario de su resurrección, “todo en la vida de Cristo es signo de su misterio”, dice el “Catecismo de la Iglesia Católica”.
En una visita al Niño Jesús de Praga, con motivo de su viaje apostólico a la República Checa, en 2009, el papa Benedicto XVI afirmó, meditando sobre los misterios de la infancia de Jesús: “La imagen del Niño Jesús, con la ternura de su infancia, nos permite además percibir la cercanía de Dios y su amor. Comprendemos lo preciosos que somos a sus ojos porque, precisamente gracias a él, nos hemos convertido a nuestra vez en hijos de Dios. Todo ser humano es hijo de Dios y por lo tanto hermano nuestro y, como tal, debe ser acogido y respetado. Que nuestra sociedad comprenda esta realidad. Entonces cada persona sería valorada no por lo que tiene, sino por lo que es, pues en el rostro de cada ser humano, sin distinción de raza ni de cultura, brilla la imagen de Dios”.
Valorar a cada persona “no por lo que tiene, sino por lo que es”. La devoción a Jesús Niño no carece de consecuencias para nuestra vida.
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