Dimitir o no dimitir

Publicado: 16 abr 2025 - 04:00

La consejera del Gobierno de Asturias responsable de Transición Ecológica, Industria y Comercio ha presentado la dimisión de su cargo tras los primeros resultados de la investigación llevada a cabo en la explotación minera de Cerredo en la que hace un mes se produjo una explosión que acabó con la vida de cinco trabajadores. El accidente fue calificado en su día por una buena parte de los expertos que estudiaron sus características como difícil de explicar, hasta que algunas conclusiones relacionadas con la mina y la compañía Blues Solving encargada de su explotación comenzaron a mover ciertas sospechas. La más trascendente es que en el pozo se estaba procediendo a la extracción de carbón sin estar en posesión de los permisos correspondientes, circunstancia que al parecen ha podido provocar la explosión por grisú que no podría haberse producido si los trabajos se centraran en la conducción del carbón ya existe y la recuperación de materiales. Belarmina Díaz, que así se llama la consejera integrante del gobierno regional que preside Adrián Barbón, se ha marchado no sin antes ofrecer un vibrante discurso agresivo y vehemente en el que defendía su gestión y expresaba su dolor porque ni ella ni su familia se merecían esto.

La consejera asturiana, o al menos así lo parece por su comportamiento, ha sido un buen ejemplo de raza y carácter, expresiones ambas de una personalidad recia muy en sintonía con el perfil de la gente de su tierra. Pero sobre todo, ha sido fiel a sus principios. Por razones propias o ajenas a su actuación –ella opina que le son ajenas- algo no ha ido bien y cinco mineros han muerto, una situación tan trágica y terrible que cumple juzgar muy severamente. Por ello ha dimitido en un país en el que nadie dimite jamás cuando se producen errores u omisiones que plantean serias dudas. La consejera ha dimitido e incluso parece extraño y fuera de la normalidad que esto sucede cuando debería ser lo más normal y natural del mundo.

Los políticos deberían habituarse a dimitir. A marcharse a casa cuando se comete un error que cuesta caro, cuando se cuestiona razonablemente la bondad del comportamiento, aunque desgraciadamente la renuncia a un buen puesto, con capacidad de mando y una muy buena remuneración, sea un hecho aislado como pasa aquí. Deberíamos aprender a marcharnos a casa antes de que no haya remedio.

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