Fermín Bocos
Marruecos acelera, Melilla se asfixia
Gerard Piqué no ha sido precisamente un ejemplo de moderación y equilibrio a lo largo de su vida pública y tampoco lo es a la hora de anunciar su renuncia. Va en caracteres y el defensa del Barça es como es y seguramente por eso, a pesar de sus muchos años de servicio en el club al que pertenece, jamás ha sido su capitán, señal inequívoca de que sus compañeros prefieren entregar el brazalete y sus responsabilidades a un integrante de la plantilla más sensato y conciliador, por ejemplo, Xavi. La trayectoria de Pique está cuajada de episodios que delatan una cierta inmadurez y un espíritu inclinado al capricho, defectos de relativa importancia que se ponen de manifiesto en sus actitudes más comentadas. Pique escupiendo en la espalda de un directivo de la federación desde el autobús de las celebraciones, Piqué alzando la manita para calentar los ánimos, Piqué esbozando una peineta de incógnito durante la audición del himno nacional, Pique agradeciendo públicamente a un animador las desventuras de Ronaldo en su cumpleaños, Pique armando bronca a dos policías urbanos a la puerta de un casino… la lista de comportamientos polémicos es tan larga como su propia estatura.
Jugador empedernido con presencia permanente en las mesas de póker, atractivo, millonario, de acento suavemente independentista y pareja de una cantante de éxito universal, Gerard es un hombre que no puede generar indiferencia aunque quisiera hacerlo, y bajo esta circunstancia indiscutible se construye el complejo debate que cualquiera de sus actitudes arrastra. El último eslabón de esta cadena está marcado por una camiseta y sus mangas recortadas, una estupidez cogida de los pelos por esa tropa infame que por un lado y por otro contamina las redes sociales, y capaz de desencadenar una tormenta que ha desembocado en la renuncia por sorpresa a vestir la camiseta roja tras el Mundial de Rusia. Como ocurre siempre con las cosas que hace Pique, le falta un punto de necesario reposo.
Dice Luis Suárez, ejemplo de culé histórico, que no le entiende porque si la decisión es fruto del hartazgo lo natural es que no espere a 2018 y se marche ahora mismo. El gallego hace cuentas y le sale que, tras el Mundial ruso, Piqué tendrá 32 años que es una buena edad para pensar en la reserva. O para sospechar que le retiren los más jóvenes. Incluso para una renovación total de la Roja en dependencia de los resultados.
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