En el cumplir de días de Alfredo Conde

Publicado: 10 ene 2026 - 03:45

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Opinión. | Atlántico

Si el tiempo cabe en un vaso de las horas, bébelo despacio; si nace en un reloj de cuco, disfrútalo como un canto; si lo impone un reloj de pulsera, lúcelo con elegancia; mas si lo dicta un reloj de sol, entrégate a su luz con paciencia. En esta diversidad de medidas subyace una verdad antigua: no somos meros prisioneros de la cronometría, sino habitantes de un flujo constante. Reflexiono sobre el pasar de los días, es una cierta melancolía del pasar, anhelo de porvenir, circunstancia del cumplir años de un maestro amigo, Alfredo Conde.

Rebusco en los apuntes lo que no encuentro en la memoria. Y localizo “clepsidra”, término que proviene del griego “klepsýdra” (“ladrón de agua”). Esta imagen nos recuerda que el instante es un fluido que no admite ser apresado, sino solo asimilado. Tal como advirtió Séneca en su obra “De la brevedad de la vida”, el drama humano no reside en que tengamos poco tiempo, sino en que perdemos mucho al no comprender su naturaleza huidiza.

Sin embargo, habitar el tiempo requiere ir más allá de atravesar jornadas, de un simple transcurso. La palabra “momento” nos ofrece la clave; procede del latín “momentum”, una contracción de “movimentum”. Su significado original no refería a una pausa estática, sino al movimiento, al impulso y, muy especialmente, al peso que inclina la balanza. Cada instante,  por tanto, es la mínima cantidad de fuerza necesaria para alterar el destino.

Esta percepción dinámica se alinea con el pensamiento de Marco Aurelio en sus “Meditaciones”, quien concebía el tiempo como un río y una corriente impetuosa de acontecimientos. No somos observadores pasivos de la orilla, sino parte del caudal. O como bien matizaría Jorge Luis Borges su “Nueva refutación del tiempo”, el tiempo es la sustancia misma de la que estamos hechos.

La verdadera maestría vital consiste en transformar la imposición del reloj, de entender lo cualitativo, lo oportuno, frente a lo cuantitativo. Si el reloj de sol o el de cuco nos marcan el ritmo, que sea para recordarnos que cada segundo es un un peso decisivo en la balanza de nuestra existencia, un latido exacto que debemos habitar plenamente antes de que se transforme, inevitablemente, en recuerdo.

Los sexagenarios deberíamos haber aprendido ya a transformar la “urgencia del ahorrar” por la “placidez del gozar”, el prudente y restrictivo “por si acaso”, por la calma serena, por el café pausado, gozosos de poder contemplar cada nuevo amanecer como oportunidad para la alegría. Mientras que el cuerpo requiere cuidados, es el espíritu el que dicta la calidad de esta etapa. El arte no consiste en hablar de achaques o de la lista de medicinas, sino de llenar las conversaciones con relatos de viajes, sugerentes lecturas, la melodía de las canciones y la luz de evocaciones singulares, incluso si los hemos de extraer de cuadernos de apuntes, de los diarios, de esos particulares cuadernos de bitácora en los que hemos significado, de uno u otro modo, el rumbo y los significados del navegar existencial.

Con Alfredo Conde he aprendido que, en la tradición del gallego, la palabra “ledicia” (alegría) resume ese estado de regocijo sereno que debe imperar. La recompensa de la madurez es precisamente esta: la libertad para reír, vivir y disfrutar el momento, tales que esos que disfrutamos con en el Tropic, con Alberto, o en la librería Bandini, con Jose y Óscar, en Bertamiráns, en el hermoso Val da Mahía. La vida nos regala estas cosas, son momentos y son bellos, entonces siquiera miramos el reloj, y podemos leer: “El arte consiste en eso, en retener el tiempo, que dicen es creación divina, hacer eterno el instante”, eso escribió mi amigo hace un instante de casi veinte años de duración.

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