Crónica personal del apagón imprevisto

Publicado: 02 may 2025 - 01:15

El lunes 28 tenía en mi agenda el compromiso de asistir a una comida con colegas de esta profesión de pensar y escribir. Trabajé hasta el filo de las doce. Siguiendo mi costumbre archivé el documento en un disco de seguridad externo y en el preciso momento de apagar el ordenador se fue la luz como el ratón que escapa de la escoba. He tenido suerte, pensé, y al descubrir que no sólo mi edificio había perdido la vida observé la actividad en la calle, en el barrio… Me conecté a la SER y RNE vía móvil y calibré la dimensión del suceso. Me confirmaron que la comida seguía en pie antes de que mi celular perdiera la total cobertura. Mientras me desplazaba en el bus urbano compartí comentarios alarmantes o escépticos al tiempo que mi mente me trasladaba a la falsa liberación de la energía eléctrica de Aznar en 1997 para “abaratar precios y ganar seguridad”. 28 años después el fracaso es evidente en las facturas tramposas que pagamos la ciudadanía y en el apagón general de la soleada mañana de abril.

Antes de que el ya vu me trasladara a “nucleares sí, nucleares no” supe que semejantes monstruos contaminantes estaban apagados durante el suceso y también las centrales hidráulicas. ¿Motivos? Tuve la sensación de asistir a una perversa conspiración y a mi vecina de asiento le argumenté la necesidad de volver a nacionalizar el sector energético por su calidad estratégica de defensa del Estado y del bienestar de los administrados si nos liberaran de las trampas especulativas habituales de las compañías eléctricas. La electricidad es un misterio tan insondable como la Santísima Trinidad, no la vemos pero creemos en ella y en sus consecuencias. La primera de aquella tarde: casi nadie de los comensales pudo pagar el importe del menú al no llevar efectivo, al no funcionar los cajeros de la banca y comprobar cómo nuestras tarjetas y otros artilugios dependientes de la electricidad habían pasado a ser momias anacrónicas. Primera lección: el progreso tecnológico no se corresponde con la realidad vital cotidiana. ¿Solución?

Regresé a mi hogar con la sensación de pobreza e indigencia de quien tiene la despensa vacía, el super cerrado a cal y canto y el monedero convertido en un pozo seco sin fondo. Busqué en el baúl de Carina el único transistor aún útil. Sin pilas, naturalmente, y sin modo de encontrar las adecuadas. Decidí conformarme con el silencio trapense de la soledad. Saludé y acaricié mi vieja Hispano Olivetti de cuando las noticias tomaban forma en ella, no existían teletipos ni los acontecimientos llegaban al público en el instante de producirse. Bien, si el ordenador no resucitaba, al menos podría servirme de mi querida máquina portátil para cumplir algún compromiso literario urgente.

Al visitar mi cocina tuve la sensación de enfrentarme a un robot difunto: el frigorífico, la caldera, la vitrocerámica, el horno, el lavavajilla, la lavadora, la aspiradora… habían pasado a ser una montaña de trastos procedentes de un pasado sin memoria. En realidad toda mi vivienda era un ente catatónico y yo formaba parte de él. Entonces recordé la existencia de una pequeña linterna para urgencias dormida en algún lugar. La encontré y gracias a ella, como en aquellos tiempos de las lecturas clandestinas, pude sumergirme en el libro que estoy devorando. Evidentemente la electricidad envasada me sacó de la desesperanza de vivir en la penitencia del desierto.

En la madrugada volvió la luz y con ella el vocerío político e informativo. Me sentí atacado por el retorno de las brujas y añoré la vida agrícola de mis antepasados, sólo alimentada por el sol y las lluvias.

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