Fernando Ramos
La cumbre de Corina Machado frente a la de Pedro Sánchez
Sucedió en Barcelona, La ciudad de los prodigios, título que escogió Eduardo Mendoza para una de sus novelas. El mismo autor al que ahora, por Sant Jordi, varios grupos independentistas quieren quemarle sus libros. Un capítulo más en la acendrada vocación de los fanáticos por el fuego alimentado con libros. Venía Mendoza de felicitarse por la “balsa de aceite” en que Pedro Sánchez y Salvador Illa han convertido a la actual Cataluña, sin advertir que, bajo la superficie, el volcán puede dormir pero no apagarse. Fue en Barcelona, este pasado fin de semana, donde Sánchez convocó a presidentes, jefes de gobierno y dirigentes políticos con el marchamo de progresistas, una etiqueta elástica para acoger a los humillados y ofendidos, una larga relación en menos de año y medio de mandato trumpiano. El presidente español venía de reunirse con Xi Jinping en China, cuarta visita en cuatro años, y de escuchar a León XIV clamar por la paz en las mismas barbas del emperador. La parte del mundo menos adocenada con las políticas de Washington empieza a salir del asombro paralizante y ensayar los mejores argumentos aglutinantes y de combate.
En Barcelona se habló de democracia, multilateralismo y paz. Banderas suficientes para acoger a Lula da Silva, a Claudia Sheinbaum y una larga relación de asistentes náufragos. Sabido es que la carrera política de Sánchez se ha construido en desafíos toreros y equilibrios en el alambre. Pareciera que Sólo ante el peligro, la vieja película protagonizada por Gary Cooper, definiera a la perfección la vocación temeraria y funambulista del inquilino de la Moncloa. La soledad como acicate de una acción política que, deshilachándose en la refriega interna, coge vuelo en los escenarios internacionales: en la Unión Europea a cuenta de la desaparición de otros jefes de gobierno progresistas; en la OTAN por la reticencia a incrementar el gasto militar y ante Israel por su brutal expansionismo. En su travesía del desierto, el presidente español ha analizado la situación y hecho recuento de opciones. Con las espaldas a cubierto por los buenos datos macroeconómicos, el empleo y la absorción de los costes energéticos por el bloqueo del paso de Ormuz, Sánchez se erige hoy en paladín global del “lado correcto de la Historia”.
El horizonte que tiene por delante en España es un desafío definitivo, existencial se diría ahora. Del fatigoso recuento de apoyos parlamentarios y del duelo a garrotazos con Feijóo, no obtendrá la movilización de su electorado, menos aún incorporar nuevas voluntades. En cambio, desafiar los argumentos de la fuerza bruta, el capitalismo de los tecnobros o el mundo sin reglas, son causas movilizadoras de capas transversales de la sociedad española. Sánchez escogió Barcelona para lograr un prodigio.
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