Fermín Bocos
Marruecos acelera, Melilla se asfixia
Beiramar es un buen síntoma de lo que se hace mal en Vigo. Muy mal, diría, al promover la conversión de lo que fue y podría continuar siendo industria potente del sector alimentario en un área de viviendas de lujo, un paso más en la reducción del tamaño de un sector que es clave para que esta ciudad continúe siendo un imán y garantice el futuro próximo. Beiramar necesita un vuelco que abra ese tramo de litoral a la ciudadanía, pero no a costa de un disparo en el pie. Hay desde hace años una docena de naves abandonadas en territorio de jurisdicción municipal, la última Albo, por una única razón: la zona marítima empresarial va a ser recalificada en el próximo Plan General en residencial, con el edificio levantado donde estuvo Cordelerías Mar como ejemplo de la actuación proyectada. Para las empresas, un negocio redondo, para Vigo, un negocio ruinoso. Con menos industria, menos empleo de calidad y menos PIB, por tanto, menos riqueza para la ciudad y los ciudadanos. No tendría por qué ser así y la prueba está en la misma calle: las naves situadas en concesión portuaria se encuentran activas en su totalidad, salvo una, que también ha sido adquirida para ampliar la capacidad frigorífica de Vigo, que hace falta para que la pesca industrial funcione.
La consecuencia directa de todo esto ha sido que Jacinto Benavente se ha transformado en una ruina absoluta, un lugar poco recomendable pese a la presencia del Auditorio. Los incendios son continuos, el último esta semana, con varios coches afectados en lo que fue Frigoríficos Vigo, hoy en O Berbés. La otra, indirecta, es que la hostelería ha superado por vez primera a la industria como actividad en recaudación de IAE, que no es sino la plasmación de un hito negativo: reconvertir Vigo de ciudad industrial con servicios a ciudad de servicios con industria menguante.
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