Fermín Bocos
Marruecos acelera, Melilla se asfixia
Como esto no para, dentro de un pestañeo estamos otra vez celebrando el tiempo del Carnaval o lo que es lo mismo, a unos pasos del traspasar el umbral de la Semana Santa, pagar después a Hacienda, –o que Hacienda te pague a ti que eso ya es mucho más problemático y más propio de Koldos que de vulgares pensionistas como es este servidor de ustedes- y a una carrera del verano. Uno se asoma a la cristalera abierta sobre la orilla del mar de mares que baña nuestras costas, ve esos costurones de espuma embravecida, esos bandazos de aguas turbulentas y feroces apaleando las playas que hace poco más tres meses eran de arenas doradas sembradas hoy de algas que llegan de los adentros atlánticos, y sospecha que nunca más va a volver el verano. Pero vuelve. Vuelve para iniciar el vertiginoso ciclo.
Pero no corramos. Lo que llega en dos instantes es el Carnaval, ese pasaje del año que sirve igual para un roto que para un descosido y que personalmente considero como uno de los tiempos del ciclo más inútiles y perdidos quizá porque en mis ancestros y en las costumbres propias del sitio del que yo procedo nunca se tuvo en mucha cuenta afortunadamente, y en muy pocas ocasiones una estampa carnavalesca se ha hecho viral como en otras latitudes pongamos que hablo de Cádiz, Ourense o Tenerife.
Personalmente siempre he sentido un profundo desafecto por la impostura y lo que nos viene ahora y está a la vuelta de la esquina, tiene tanto que ver con el engaño, con la patraña y el disimulo, que simplemente no puedo asumirlo ni siquiera bajo la engañosa presencia de un caldo de cultura profundo y ancestral que se pierde en la noche de los tiempos y que tiene más que ver con el meta universo de la magia y el sortilegio que con el hecho más o menos divertido y ocurrente del disfraz, las dos tendencias en conflicto a la hora de interpretar el complejo mundo de Don Carnal y Doña Cuaresma.
Lo bueno de los Carnavales, además de la aparente incongruencia que representa que mi discreto y educado vecino del quinto en esos días se lie la manta a la cabeza y se disfrace de viuda alegre con sus peludas pantorrilla asomando bajo la saya de flecos, es que se pasan y cada mochuelo a su olivo. Ya lo cantó Serrat con enorme tino.
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