El calor y la guerra

Publicado: 18 ago 2026 - 01:30
Opinión.
Opinión. | Atlántico

Las muertes por el calor extremo, por las inundaciones y por los incendios forestales que asolan con particular violencia en los últimos tiempos, forman parte también de la siniestra cosecha de la guerra. Los millones de toneladas de explosivos que arrojó Israel sobre Gaza, equivalentes a seis o siete bombas atómicas como la de Hiroshima, los otros tantos que durante cuatro años lleva la guerra en Ucrania haciendo trizas el ecosistema, los desastres medioambientales por las bombas en Irán, Líbano o el Estrecho de Ormuz, todas esas guerras no sólo se cobran la vida de miles de personas, sino, por extensión, la vida del planeta.

Los ancianos que sucumben al calor en París, los bomberos calcinados en Grecia, la gente que se lleva la riadas en Venezuela, en China o aquí mismo, son también, en puridad, víctimas de la guerra, de las guerras, de los gases de efecto invernadero con que masivamente empuercan la atmósfera, del betún con que la impregna su desaforada huella de carbono, de la destrucción, en fin, de cuanto preserva el frágil equilibrio que posibilita la vida de humanos, animales y plantas sobre la Tierra. O dicho de otro modo: las guerras de ahora y las que las precedieron desde la II Guerra Mundial han contribuido poderosamente con su efecto acumulativo de devastaciones, tanto o más que la enloquecida industria emisora de Co2, al calentamiento global y al cambio climático que mata a los ancianos de París, a los bomberos de Grecia y a los ahogados de Venezuela, de China o de aquí.

El calor inhumano que nos aniquila éste verano en oleadas ardientes e interminables se compagina fatalmente con la inhumanidad de la guerra. La pérdida de las cosechas por fenómenos meteorológicos a destiempo, el empobrecimiento del agua, del aire y del suelo, el deterioro de la salud mental y orgánica de las personas, el yermo animal y vegetal del campo y de los bosques, todo eso y más es efecto de las guerras, de las que los gangsters y psicópatas que rigen hoy el mundo desatan y de las que desde la Revolución Industrial mantiene el ser humano contra la casa que le cobija y la huerta que le alimenta.

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