Babel

Publicado: 01 feb 2011 - 01:00 Actualizado: 10 feb 2014 - 12:48

Tradicionalmente se nos informó del bíblico castigo que provocó la torre de Babel, destinado a disuadir a los habitantes de la tierra de Senaar, al parecer comandados por un tal Nimros, del sueño de alcanzar el cielo a base de ladrillos . Ahora yo tengo la inverosímil sensación de que aquel castigo, tras una inmensurable órbita sideral, ha vuelto a aterrizar empadronándose en la capital de España para presentar un esperpéntico espectáculo, que no ofrece precisamente gratis.

Antes de seguir adelante y para reafirmar mi opinión quiero dejar constancia de que he nacido en una preciosa y pequeña aldea orensana donde aprendí a hablar gallego antes que castellano; que sigo utilizando el gallego con frecuencia, sobre todo en el ámbito familiar; que incluso he publicado algun artículo en esa lengua y que en mi biblioteca figuran las obras completas de Rosalía y de Curros Enríquez y no únicamente para decorar la estancia.

Pese a sentar esta premisa no soy capaz de digerir el charlotesco despropósito que viene ejercitándose en el Senado, el Senado de todo los españoles, mostrándoos a Sus Señorías con un pinganillo en el pabellón auditivo para recibir las palabras de un traductor.

¿Hay alguien que racionalmente pueda explicar y justificar este sinsentido? Porque que quienes fuera del salón de sesiones de la Cámara Alta charlan tranquilamente utilizando el común idioma español al entrar en el recinto pierdan automáticamente la facultad de hablar castellano, no es concebible, máxime cuando no pierden la facultad de entenderlo, porque la traducción se hace en español. Es decir, que los catalanes, vascos y gallegos que no se dignan pronunciar sus intervenciones en español, aceptan este idioma para recibir las de sus colegas no hispano-parlantes. Para reirse aunque se acabe llorando y pagando con fondos públicos un gasto tan absurdo como insultante para los contribuyentes.

Nada que objetar a que en los parlamentos regionales –me gusta más que autonómicos- se usen las lenguas vernáculas, contribuidoras del acervo cultual, porque no se necesitan pinganillos ni despilfarros en traductores. Este es el escenario adecuado para manifestar nuestra pluralidad, pero no en el Senado aunque el Sr. Zapatero parece aceptarlo tal vez por pura rutina derivada de que en sus viajes internacionales sus conocimientos idiomáticos le obligan a utilizar los pinganillos. En cualquier caso, provocar el desconcierto haciendo uso de un idioma particular cuando se conoce otro común a los interlocutores, raya en la mala educación.

Y para mayor ínri parece ser que ahora PP. Y PSOE rechazan que esta alocada situación se repita en el Congreso. Esperemos que en las convocatorias electorales no se haga una dicotomía de candidatos en función de sus tendencias idiomáticas. Tu para hablar español en el Congresos, tú para hablar lo que te apetezca en el Senado, tú… mejor para casa.

Y sin dudas, conviene recordar que el español es el segundo idioma -el primero es el inglés- más extendido por el mundo y hablado por más de quinientos millones de seres humanos. No ignoro que el chino es hablado por un número mucho mayor, pero su ámbito se reduce solo a China y la importancia de un idioma se mide precisamente por el número de personas que lo hablan fuera de su territorio original. La sensatez exige que cuidemos esta privilegiada posición porque ningunearlo supone destronar el sentido común y sumergirnos en el sinsentido.

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