Fermín Bocos
Marruecos acelera, Melilla se asfixia
Seguramente la maternidad que acaba de comprar Ana Obregón sea una y no más, una vez que ha hecho realidad su deseo irrefrenable de no volver a estar sola nunca. Pero quién sabe, viniendo de alguien que tenía una serie a medida que se titulaba Ana y los siete. Hecha esta gracia y teniendo en cuenta que algo se moverá sobre la gestación subrogada antes de que Ana considere que la niña necesitará un hermanito o hermanita para que su bebé no esté sola en este valle de lágrimas, probablemente el régimen de prohibición de los vientres de alquiler se verá reforzado en el aspecto de adoptar medidas que permitan burlar la interdicción de nuestra normativa acudiendo directamente a países donde esta práctica es una operación comercial más.
Como todo el mundo sabe madre sólo hay una, en este caso lo es Ana Obregón y en cualquier otro de este tipo lo será también la parte contratante que paga. El rechazo de esta práctica es mayoritario y en dicho sentido se tipifica por la legislación española, aunque habrá poderosas voces discordantes, especialmente las de aquellos que tienen medios para diseñar una familia a golpe de transferencia bancaria o en metálico en un maletín, sin preguntarse si es ético o moral o disipando sus dudas poseídos por un deseo incontenible que pueden hacer realidad porque está al alcance de su posición.
Para defender la gestación subrogada y esquivar esta dicotomía moral, hay partidarios que la entienden justificada si es con fines altruistas, por tanto sin contraprestación económica, cuestión esta que sería de difícil consideración en la mayoría de los casos porque la tecnología de medición del altruismo ha evolucionado poco en los últimos seis millones de años de evolución humana. En el caso concreto de la actriz española parece innegable que se ha tratado de un negocio en toda regla, que para más inri ha tenido premio con exclusiva en revista del corazón incluida. Ana Obregón, radiante, sale del hospital americano con su niña en brazos para contar al mundo su experiencia y su ilusión, después de un gran sufrimiento también demasiado público. La felicidad no tiene precio, o en este caso sí. Ver a mamá Ana con setenta años en al parque con la niña, también.
Contenido patrocinado
También te puede interesar