El amigo fiel, leal y siempre benéfico

Publicado: 31 jul 2026 - 09:33
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La amistad, que es en mi opinión la forma más hermosa y desinteresada de las relaciones entre los humanos, propone la entrega de modo incondicional y libre de cualquier otro condicionamiento. Con ella uno es mejor, uno ama y es amado, y uno puede alimentarse de recuerdos que es el mejor carburante para echar a rodar el alma.

Manolo Sanjunrjo era amigo mío. Y cuando lo pienso y lo digo en alta voz para que no quede duda, me refiero a una relación cuajada de afecto, de generosidad y fidelidad por su parte, que comenzó en los primeros años de la década de los setenta del siglo pasado y se ha prolongado muchos años hasta este último día en el que uno de los dos falta y el otro –yo en este caso- llora desconsolado su pérdida. Fue una de esas amistades que nunca necesitó imposturas ni situaciones forzadas, que no hubo de echar mano de encuentros con agendas de por medio, ni invitaciones ni citas para darse un largo abrazo. Manolo era, sin más, mi amigo, un amigo querido, dulce y cariñoso, un caballero de sonrisa y pajarita, un hombre leal y bueno y, sin la menor duda, el mejor conductor que conozco. Cuando uno se subía a un automóvil con él, algo en el aire sugería que quien iba al volante no era cualquier cosa. Era como si, en lugar de conducir un coche, interpretara al piano una sonata. Algo así…

De mis tiempos en “El Pueblo Gallego” parte ese conocimiento entrañable y la camaradería y relación que nos unió desde entonces. Yo era un aprendiz de periodista en un periódico en el que su director, Juan Herrera, cometió la osadía de proponerme como redactor jefe a pesar de mi alarmante falta de experiencia, y él era un vigués de tomo y lomo, heredero de una tradición más que centenaria, de un apellido ilustre en la ciudad, descendiente de aquel industrioso gentleman que le arregló el barco a Monsieur Verne y lo paseó del brazo por todos los corrillos y mentideros de la Muy Leal y Siempre Benéfica ciudad que nos acoge y nos ama a todos seamos de donde seamos.

Pero lo que de verdad le gustaba a Manolo era conducir coches, una vocación y una habilidad indiscutible en la que nadie que yo conozca le superaba. Amaba los automóviles, amaba a su ciudad con el empeño y la dedicación de sus hijos más preclaros, amaba a los suyos con inmenso amor y esmero, y comenzó a amar también el periodismo y aquellas noches profundas e inolvidables al pie de una rotativa a la espera de los mágicos papeles pintados que nos ponían y nos ponen al día de todo lo que pasaba y sigue pasando. Luego, también se sumaron más cosas, más ideales comunes, más hijos de uno y otro, aprendices de marcador y escoba como entonces se llamaban, que formaron dupla infranqueable.

A mi querido amigo Manolo le lloran hoy las bielas, las bujías y los platinos, sus gafas de montura redonda, la pajarita primorosa de lord británico, las linotipias, los chibaletes y las líneas en plomo. Le llora un submarino único en su especie, el capitán Nemo y la ciudad a la que pertenecía por decisión no sujeta a debate. Le llora su amado Club de Campo, le lloran los suyos y sus amigos que le adorábamos en justa respuesta a lo que sembró toda su vida y nos regaló a todos.

Y lo espera, con los brazos abiertos, El Cristo de la Victoria.

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