Este amanecer entre flores

Publicado: 27 jul 2025 - 01:50

Días de soledad marinera. Días de luz. Días de descanso. La rutina de los mares, las cosas del campo. Azules y grises en el cielo. Vaporea la ría, una balsa aún virgen a esta hora. Consultar la tabla de mareas es la tarea más importante del día. Salgo temprano al jardín. Las mazorcas secas adornan el hórreo. Se cierran ya los dondiegos. El arbusto de las grandes margaritas ondea suavemente con el viento del sur. Una palmera, un castaño, y un montón de higueras, haciendo honores a la localidad asturiana donde estamos alojados, a pocos metros de la frontera gallega. El aroma es una amalgama de frutos rojos, menta y salitre. Ni sombra de vida humana. El abrazo de la naturaleza.

El alegre canto de los pájaros al romper el día. La belleza de cada rincón solitario, el mundo aún duerme, creo, tampoco me importa. No recuerdo qué era Madrid. No recuerdo el Congreso. No recuerdo la vida humana. Tan solo un vecino arranca a lo lejos su podadora, enviándome bandadas de gorriones y jilgueros asustados, que acojo con la complacencia que no exhibo en la gran urbe.

En el camino que bordea la finca, aún resisten abandonados los antiguos postes de madera que llevaban la línea telefónica, escoltando el camino y delimitando los campos al otro lado, presididos por decenas de enormes rollos de silo. El pasaje está trufado de columnas de hormigón, que sujetan farolas con esa característica luz amarilla, de las que ya no quedan en las grandes ciudades, como antaño las sujetaban las estacas de pino. Unos cientos de metros más allá, a la entrada del pueblo, las farolas comienzan a ser de acero. Aquí lo urbano y lo rural hacen frontera muy próxima, y se entrecruzan sus emblemas como a golpes de marea viva, sin llegar a unificarse del todo, sin llegar a distinguirse del todo. Estamos tan burocratizados, que despierta mi alma bohemia la simpleza de las uniones sin leyes, sin demarcación política, solo una graciosa toponimia, las conexiones naturales entre dos modos de vida y dos estéticas, paulatinas, espontáneas, felices.

Desayuno en una mesa de madera a la sombra del árbol más grande del jardín. La cofradía de gorriones espera su turno para picotear las migas de las tostadas. Pan de pueblo. Pan de verdad. Pan. En lugar del móvil, leo el periódico de ayer, buscando la agenda de festejos populares de la semana. Oigo el rumor lejanísimo de una furgoneta que pita al pasar por las fincas de la carretera, saludando a los vecinos. Se detiene y comenta algún azar del día con el tipo que poda en la entrada de su chalet. Acento de tierra de nadie en la conversación. Acento balsámico. Acento de dos regiones sin frontera definida. A su paso, me acompañarán otros quince o veinte minutos de silencio hasta que el siguiente vehículo rompa la armonía del edén.

Al terminar el café, alzo la vista al horizonte marino, más allá de grandes sembrados, tan solo unos cientos de metros. Habrá que ir a bañar estas pieles urbanas en la dulzura de las sales cantábricas, me digo, habrá que empezar el día. Y pienso entonces que los borrachos y los poetas enamorados solían fantasear con detener el tiempo. Yo hoy, ni borracho ni poeta enamorado, al menos a esta hora, sueño con un milagro del Carmen, que procesionó hace unos días por la desembocadura del Eo, y ver morir al reloj, con el segundero retrocediendo un segundo por cada uno que avance. Solo unos instantes. Solo un ratito. Solo por hoy. Sentir la vida real, tan lejos de la burbuja de las ansiedades. Abrazar la vida que siglos atrás vivieron nuestros mayores. Respirar el aire puro que un día fue nuestro barrio. Y abandonarme al solaz, contemplar el viejo limonero, por si hubiera alguna pieza en su punto y surgiera el capricho de una limonada de esas que te hacen menguar los pantalones hasta convertirte en el niño que fuiste, y acariciar despacio la piedra centenaria del lavadero de la entrada. Morir un rato a la vida, para revivir mañana. Porque no logro acordarme cuándo fue la última vez que fue.

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