28 años en un cajón
Pronto se cumplirán 30 años desde que el Ministerio de Fomento -hoy Transportes- tomó una decisión que ha tenido enormes consecuencias y que en su momento pasó casi desapercibida. Fue en 1998 cuando se terminó la A-52 que revolucionó las comunicaciones con Madrid, desde Benavente, pero concluyendo en Porriño y no en Vigo, como estaba previsto inicialmente. Ese año se selló el destino de la ciudad y su área metropolitana y comenzó el calvario para millones de coches (55.000 al día), al descartarse la finalización completa de la nueva autovía por razones incomprensibles. Se manejaron al menos dos: una, que ya estaba la A-55 y podría servir; dos, que la actuación en Porriño era muy compleja por afectar a una fábrica maderera y varias propiedades. En estas condiciones, el ministerio optó por dejar el asunto pendiente de una decisión futura en función de las necesidades y del impacto de la vecina autopista AP-9. El resultado práctico fue mantener viva la A-55 y cada vez con más tráfico al convertirse en el punto de unión para la circulación desde Madrid-Ourense y Portugal. El resto, bien conocido, con miles de accidentes acumulados, parches, radares y limitaciones de velocidad a 60 por hora en tramos, una solución para reducir el número de siniestros que desnuda la peligrosidad de la vía y la imposibilidad real de que preste un servicio correcto.
La A-52 está desde entonces, hace 28 años, en un cajón del que sale de vez en cuando para volver tras unas declaraciones y algunos estudios, como pasa ahora mismo. Pero en realidad, nadie puede garantizar que algún día se hará efectivo el plan original con el final completo, desde Porriño hasta la avenida de Madrid. Desde luego, no será pronto. En dos años, 30 de aquella decisión funesta.
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